Martín Rodriguez Lemaître, Vuelo naranja, PUNTO DE FUGA, 2021

“En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé
con quien tanto quería.”

Joan Manuel Serrat, Elegía, Miguel Hernández, 1972

En uno de nuestros consagrados ejercicios de escritura con alumnos de octavo grado, decidí invitar a los jóvenes a asumir el riesgo de mezclar dos géneros en principio incompatibles la crónica y la ficción, para crear un texto que fuera capaz de navegar constantemente entre esos dos universos narrativos de forma casi natural, sin que el lector pudiera saber a ciencia cierta qué ha sido inventado y qué es real. 

El género narrativo sería la crónica. El lector, guiado por un narrador que le contara todo en primera persona como si fuera el testigo privilegiado de los hechos, debía poder vivir acontecimientos de primera mano. Los personajes, las situaciones, las descripciones y el modo de contar estarían fuertemente ligados a ese estilo narrativo. El engaño debía resultar creíble para el lector. La narración debía poder recoger esos acontecimientos de forma fidedigna. 

Una segunda dificultad se agregaba a esta primera. Si el escrito no ha sido testigo de ningún acontecimiento, ¿cómo se puede escribir una crónica en ese contexto? ¿cuál puede ser el punto de partida de esa narración? Para romper con la monotonía de la cuarentena, decidí que les daría a los alumnos la posibilidad de ser testigos de las experiencias de una serie de fotógrafos hispanoamericanos quienes sí han estado en el territorio y han traído de vuelta una serie de imágenes con las que cada escritor debía trabajar. 

La página de donde debían inspirarse para escribir fue la siguiente:
https://vistprojects.com/

Martín Rodriguez Lemaître, un apasionado del cine y de la escritura, creó un texto cargado de humor y de absurdo. El texto acompaña imágenes muy precisas del trabajo de Ricardo Cases titulado Estudio elemental del Levante. PUNTO DE FUGA lo comparte con ustedes. 

Crónica de ficción de Martín R.L.

Prólogo

Aunque Ricardo Cases nació en Orihuela, pueblo conocido por ser el lugar de nacimiento de Miguel Hernández, no era muy bueno con las palabras. Así que se dedicó a la fotografía.

El colegio de Ricardo era conservador y muy estricto. Desde el día que escribió en un examen de religión “Ricobertardo Naranjo, el Arcángel”, la profesora decidió que el muchacho no crecería para ser “un hombre de bien” y lo envió a la clase especial donde todos los “delincuentes” del colegio habían ido a parar. Como escape del colegio y de sus malas notas, salía a tomar fotos con una pasión que nunca tendría fin.

Por esa época tomaba muchas fotos. Su favorita siempre fue la de una construcción hecha por el loco del pueblo, Gabriel Ulises, seis meses antes de graduarse. El proyecto consistía en construir un puente en la fachada de una montaña que no llevaba a ningún lado. Su autorización y financiación se debieron al amor que la alcaldesa siempre tuvo por Gabriel Ulises. Cuando Ricardo supo de la posible construcción del puente, intuyó la infatuación de la alcaldesa por este loco. Igual que todos los habitantes de Orihuela…

Todos se sorprendieron por esto, pero siguieron con sus vidas. Sin embargo, Ricardo empezó a dedicar sus tardes libres a supervisar la construcción del puente y tomar fotos. Mientras Ricardo documentaba la construcción del puente, notó que Gabriel Ulises iba a una cabaña especial y exclusiva para él de forma puntual cada hora. Cada vez que salía de nuevo lo hacía con la boca empapada de un líquido anaranjado. No tenía idea de qué era ese líquido, pero estaba seguro de que cada con cada bocanada, el loco Gabriel perdía la cabeza más y más. 

Un día gritó:

“¡Escuchadme mis queridas palomas! Tenemos que construir la estructura más bella de toda la región del Levante. Y para esto necesito que me traigan dos aceitunas y mucho plástico rojo. ¡O rosado! ¡O ambos! ¡Canallas!”

Los trabajadores cumplieron con sus órdenes sin pensarlo dos veces. Sabían lo que había detrás y no querían problemas con la alcaldesa. Acordaron que un par de llantas valdrían por aceitunas y que el plástico sería rojo con rosado. Consiguieron los materiales y los dejaron tirados al frente de la cabaña. Después, se fueron todos a sus casas, unos a quejarse y otros a reírse del trabajo que les había tocado. 

A la mañana siguiente, cuando los trabajadores volvieron, vieron un gran calamar rosado con ojos de neumático en la fachada de la montaña. Al frente estaba Gabriel Ulises tirado en el piso con un charco de sangre que salía de su dedo gordo del pie. Y más líquido anaranjado en la boca. Estaba muerto. Ricardo le tomó una última foto al puente. Nadie volvió a prestarle mucha atención a la construcción. En esa foto Ricardo había decidido excluir deliberadamente el cuerpo de Gabriel. Era una cuestión de respeto.

Parte 1

Ricardo vivía desde los veintiún años en las afueras de Valencia. El hombre jugaba con su hija Susana, cuando recibió una llamada:

– Quiero encargarte una asignación para el Magazine del Sud Deutsche Zeitung

Aunque fuese un periódico alemán, el acento de la mujer era español y se notaba que ya había pasado por sus mejores años. Ricardo no trabajaba bien como fotógrafo de encargo y su creatividad nunca fluía en esas condiciones. Él veía los colores y la forma de las cosas y les tomaba fotos sin pensarlo dos veces. Así surgían las ideas en su cabeza de forma espontánea. Sin embargo, aceptó la asignación: El trabajo consistía en viajar a una zona de la región del Levante donde se encontraba la “plaga del picudo rojo”.

– Mónica, ¿tienes idea de qué es esto de la plaga del picudo rojo? le preguntó a su esposa.

             Ella respondió que no lo sabía y continuó diciendo:

– “Si vas a tomar el trabajo, hazme el favor y no te contagies.”

Ricardo lanzó una carcajada.

– No te preocupes, de seguro no afecta a los humanos, sino ya nos habríamos enterado de ese virus. Me piden que vaya por todo el Levante hasta que logre encontrar un pueblo a lo largo de esta costa y tome fotos. Mañana hablaré con la agencia de turismo.

– Pero tú no eres un fotógrafo de encargo.

Sí, aunque pienso que le daré una oportunidad. Se ve interesante.

– Hazle si quieres, pero no vuelvas si estás envuelto de puntos rojos o me veré obligada a llamarte el Dálmata Radioactivo. Y yo no me casé con un tipo así.

Ricardo se le acercó y le dio un beso en la boca.

– Ojalá no sea el caso. Sin embargo, ya me despertaste la curiosidad y creo que voy a partir mañana.

A las siete a.m. del día siguiente, Ricardo salió de su hogar despidiéndose de Mónica y de Susana. La agencia de turismo le dijo que si quería encontrar el virus del picudo rojo tendría que ir al norte del Levante. También le dijo que tuviese cuidado, debido a que nadie sabía bien qué efectos podría tener el virus sobre los humanos. Solo se sabía que algunos pueblos remotos en España presentaban “síntomas similares”.

La señora de la agencia dijo:

– “Algunos pueblos del levante presentan “síntomas similares”, señor. Es todo lo que sabemos. Puntos rojos en lugares extraños es cómo identificamos a estos pueblos infectados.”

– Muchas gracias, respondió Ricardo.

Justo después de la interacción, Ricardo se montó al único bus que lo llevaría al pueblo recomendado por la agencia. Se subió al bus vacío y dejó su cámara en el asiento de al lado.

A los cinco minutos de haberse subido al bus, se sorprendió al ver a los demás pasajeros del bus. Muchos se estaban montando sobre el techo… Desde la ventana Ricardo les tomó una foto y decidió no pensar más.

Cuando ya todos los pasajeros se habían instalado en el techo, el conductor metió el primer cambio, el bus arrancó, y segundos después pasó al sexto y así permaneció durante todo el trayecto. A los doce minutos Ricardo cayó en los brazos de Morfeo y se durmió. Después de largas horas de viaje, se despertó. Cuando miró por la ventana observó múltiples palmeras que parecían haber sido azotadas por un martillo gigante.

Por fin, llegó al pueblo. Se levantó de su asiento y con largas zancadas salió del bus. Se sentía como un hombre listo para la aventura. Sorprendentemente, ni los pasajeros de vestidos coloridos ni el conductor se encontraban cerca. La puerta se cerró de repente y el bus partió otra vez a toda velocidad, como si tuviese prisa de irse del pueblo. Y Ricardo quedó solo en la mitad de la plaza central.

Parte 2

– Hey, señor, ¿cómo se llama? 

– Yo soy Tomás, ¿quiere que le toque una canción?”

Ricardo se volteó y se topó con un niño de diez años mirándolo pasivamente con un trombón en mano. Vio que tenía atravesada en el pecho una raja de metal reluciente y le pareció extraño. Ricardo pensó que de seguro era un accesorio bizarro. Pero a los instantes se le hizo imposible ignorar la realidad: el niño tenía la piel de metal.

Al ver que la expresión de confusión aumentaba más y más en Ricardo, el niño continuó con su voz monótona:

– Soy muy bueno, va a ver. Todo el mundo lo dice. La gente dice: “Tu trombón suena tan bien, oh Tomás, toca más.” “No pares de tocar Tomás, oh músico.”

Al fin, Ricardo le respondió:

– Hola, me llamo Ricardo Cases, soy fotógrafo y me encantaría escucharte. ¿Qué tal si después me llevas al motel de este pueblo?”

El pequeño niño asintió con la cabeza y empezó a tocar el trombón. Ricardo todavía observaba la piel metálica del joven. Le tomó una foto justo antes que el joven diera media vuelta y empezara a marchar en dirección al motel donde Ricardo se quedaría los próximos dos días…

Parte 3

El viento ese día era fuerte, y apenas salió de la plaza principal sintió la arena azotándolo. Apenas logró abrir los párpados durante toda la caminata. Caminaron aproximadamente diez minutos.

Tomás dijo: “Aquí está su hogar.” Y señaló una casita al borde del mar con un letrero que decía: “¡Motel la paloma negra!”, en grandes letras azules. Ricardo miró alrededor suyo y vio el pueblo en el horizonte.  Al lado de la casa vio la piel de un pulpo colgado de un perchero de ropa. El cadáver del pulpo era enorme y estaba completamente seco. Probablemente el sol se evaporó hasta perder su última gota de sangre, pensó Ricardo.

Tomás habló de nuevo:

– Aquí fue dónde se quedó el único otro huésped que nos ha visitado. Me dicen “Tomás, si alguien llega, sé cordial” Y yo siempre he dicho que sí. Por eso lo traje acá, señor. Puede dejar sus cosas mientras nos devolvemos al pueblo. Le voy a presentar a la señora dueña del motel, es un lugar muy barato. No se preocupe.

– Dale, muchas gracias, Tomás.

Ricardo tuvo miedo de no poder abrir los párpados mientras Tomás y Ricardo se devolvían al pueblo. Las ráfagas de viento levantaban la arena se habían calmado. Esta vez la arena no le impedía ver.

Al llegar al pueblo vio una docena de personas en la calle. Todos hombres mayores y unas cuantas mujeres.

Uno de ellos abrazaba una pared de ladrillo. El hombre mayor lloraba y le gritaba al muro. Agarraba fuertemente los ladrillos e intentaba arrancarlos de la pared.

– ¡No! ¡No me voy, primero caes tú que yo! ¡Me rehúso a perder, maldito! ¡Me las quitaste, no tengo más, no tengo más!. 

El hombre gritaba más frases incoherentes, pero todos lo ignoraban. Tomás le contó a Ricardo que hace tres años, el hombre estaba desayunando tranquilamente, comiendo naranjas, huevos y tocino, como todos los días. Dijo que tuvo una revelación:  no tenía por qué vivir. Se aferró a un muro cerca de la plaza central y empezó a llorar diciendo que ahora su vida estaría dedicada a tumbar el muro, o a buscar que algo más lo tumbe antes de que él muera. Los habitantes intentaron expresarle su simpatía y le traían naranjas. Era lo único que comía y tomaba, pero parecía ser suficiente para mantenerlo en pie. Después de unas semanas le empezó a gritar al muro… Entre más tiempo pasaba, más actuaba así.

– Qué extraño…, dijo el fotógrafo.

– ¿Qué? No. Es normal. Siempre vuelve a su casa por la tarde para ver la tele. Cuando tú llegaste había un partido de fútbol. Y ahora que se acabó vuelve a su muro, le respondió Tomás. Después cambiaron de tema de conversación y siguieron caminando.

El chico señaló a una señora y le dijo que era a ella a quien tenía que pagarle por el motel. Ricardo se le acercó y ella empezó a contarle de su día sin que él preguntara. La señora de tenía unos sesenta años, le contaba sobre todas las compras que tenía por hacer. Le faltaban naranjas, siempre le faltaban naranjas. No había nada que hacer. Todo el mundo necesitaba tener de sobra en su casa. Por si las moscas. Y la cosecha de ayer se había agotado y tendrían que esperar otro año. Ricardo no tuvo más opción que conversar con ella un rato más. A los cinco minutos la señora se quedó en silencio y rápidamente hicieron la transacción. Ricardo notó que en un billete que le dio la señora había una especie de mancha roja sobre la esquina derecha.

– Rayos, de seguro me dio uno falso… pero qué jartera pelearse, lo dejaré así, pensó Ricardo.

Durante el resto de la tarde Ricardo se dedicó a pasear por el pueblo solo, tomando un par de fotos y relajándose un poco. Llegó la noche y sin nada en el estómago volvió al pequeño motel. Se acostó y empezó a pensar que mañana sería un día normal dónde podía tomar más fotos en este pueblo infectado por el tal virus rojo… Sería un día normal simplemente.

Parte 4

Ricardo se levantó para encontrar cuarenta palomas, -o más-, en su habitación, peleándose entre ellas, todas pintadas de diferentes colores.

– ¡Qué es esta barbaridad! exclamó.

Salió disparado de su habitación con su cámara agarrándola fuertemente…  Ahí estaba Tomás para recibirlo. Sin embargo, antes de que Ricardo pudiese decir algo, el niño dio la vuelta y se fue tocando su trombón. Antes de irse, le hizo un signo con la mano para que lo siguiera. Así que Ricardo lo siguió dejando atrás a las palomas atrás todavía chillando mientras peleaban.

A las afueras del pueblo había un hombre con un ojo torcido. Tenía una cachucha roja y una camisa azul. En su mano izquierda tenía un reloj negro que no funcionaba. Pero lo más notable del hombre era su torso: estaba lleno de tubos dentro de una especie de compartimiento que le servía cómo base del cuerpo completamente transparente.

Ya no había palomas cerca y cuando el señor vio a Ricardo le dijo:

– Ey, chico, ¿eres el turista que llegó ayer? Me llamo Don Tubos.

– Buenos días. Sí, soy yo.

– Perdónanos por las palomas, se nos olvidó decirle ayer que el día de hoy es Paloma al Aire.

– ¿Cómo así? le preguntó Ricardo, ligeramente irritado.

Paloma al Aire es nuestro evento anual. La mayoría de los hombres aquí somos criadores de palomas. Las pintamos de colores y las vemos competir.

– Señor… ¿qué? ¿Cómo así? ¿Compiten en qué cojones?

– El hombre que haya criado al mejor macho, gana. Y el mejor macho es el que seduce mejor a la paloma hembra, el más cortés de todos, no el más bárbaro que pelea contra todos. El que logra acercarse más a la única hembra del pueblo.

– Ah… vale. Pero…

– Las palomas más agresivas siempre terminan peleándose entre ellas y van al motel ya que nadie nunca está ahí… A nuestro último huésped le encantaban las palomas, veo que a usted no tanto, dijo Don Tubos.

– ¡Pues no, hombre! Me despierto y encuentro un grupo de palomas matándose encima de mi cabeza. 

Tomás dice desde el atrás de Ricardo:

– Las palomas hacen lo que quieren. Más o menos.

– Me disculpo en nombre de todo el pueblo. Qué tal si lo invito a desayunar en mi casa, dijo Don Tubos.

Ricardo aceptó su invitación, aunque todavía muy amargado. En el camino logró calmar su inconformidad gracias a la actitud pacífica de Don Tubos. Era muy amable y le contó más sobre Paloma al Aire. Resultaba que cada hombre criaba aproximadamente cien palomas al año para esta competencia.

– Aquí nos encantan dos cosas, los pulpos y calamares, y las palomas, le dijo Don Tubos.

Esas palomas eran consideradas las proyecciones de los “palomistas” que las criaban. Todas las relaciones de los hombres del pueblo giraban alrededor del éxito de sus palomas… Si su paloma ganaba y pasaba más tiempo cerca a la paloma hembra, el hombre tendría éxito en aspectos económicos, sexuales, deportivos, en fin, en todo lo que se propusiera.

Al oír a Don Tubos, Ricardo se olvidó por completo del virus del picudo rojo. No podía esperar para salir con los hombres del pueblo a ver el progreso de las palomas macho. Así que él y Don Tubos, apenas terminaron de desayunar, salieron de su casa. Como por milagro, un grupo de palomas empezó a sobrevolar al frente de la casa de su guía y acompañante de turno.

Todas esas palomas multicolores eran asombrosas. Aunque el avistamiento no duró mucho, Don Tubos le pidió a Ricardo que lo siguiera. Le dijo que ya sabía dónde se encontraba la paloma hembra con los mejores machos.

Caminaron unos diez minutos y llegaron al patio de atrás de una casa. Se acercaron a un muro cualquiera. Ahí se hallaba un hombre con pelo negro y camisa azul arrodillado en el piso. Tenía la cara de un color naranja que a Ricardo le parecía extrañamente familiar… pero no lo podía reconocer dónde había visto ese color. Todas las palomas excepto una estaban sentadas arriba del muro. Todas muy educadas esperando su turno para seducir a la hembra que tenía una mancha amarilla envuelta por un círculo rojo en su ala derecha.

Parecía que la paloma actual que intentaba seducirla solo volaba alrededor, cantando una melodía que a Ricardo le pareció genuinamente bella. El hombre arrodillado dijo:

– Vamos maldita paloma. Estoy tan cerca de ganar al fin. Tengo hambre y unas naranjas me esperan, joder.

Como si la paloma se hubiese ofendido por sus palabras, decidió irse volando y dejar a otra paloma el turno de intentar seducir a la hembra.

Parte 5

Ricardo conversó con Don Tubos todo el día y fotografió a muchas palomas. Todo el mundo en ese pueblo parecía amar a esos animales. Les tenían mucho respeto. Excepto cuando fallaba en seducir a la hembra… Ahí la gente se frustraba y muchos hombres terminaban llorando ya que esa paloma que habían entrenado era, en cierto modo, todo lo que él representaba.

A las siete de la tarde, cuando Ricardo estaba cenando, se anunció al ganador. Salió del pequeño restaurante (que en realidad solo era la casa de alguien que le vendía comida) y se dirigió a un sitio a un kilómetro por las afueras del pueblo. Esta vez fueron dos palomas machos las que triunfaron, eran dos hermanos. El hombre estaba contentísimo y el fotógrafo le tomó una foto con sus dos palomas coloridas. Mucha gente lo felicitaba, lo miraban con cara de admiración. La gente los llenaba de preguntas. Todos parecían fascinados con la noticia. 

Después de un rato, una multitud de palomas coloridas volaron hasta donde estaba el hombre ganador y aterrizaron por todas partes. En los árboles, al pie de la gente, sobre las rocas. Tantas había que hasta donde el ojo veía sólo se veían palomas. Un gran paisaje arcoíris de palomas. Ricardo estaba tan impresionado que hasta se le olvidó tomar una foto. Todo el mundo se quedó quieto donde estaban para no pisar ninguna. Después esa multitud de gente representada por esas miles de cabezas se voltearon a mirar al ganador y a sus dos palomas. Una paloma se despegó del piso y arrancó a volar. Después otra, y otra. Lo que pasó después Ricardo lo recordaría por años: todas las palomas fueron al aire. Todos esos colores empezaron a volar, robándose los colores de todo el paisaje hasta que el mundo empezó a verse gris, después marrón, y después negro. 

El mundo desapareció y solo quedaron las palomas. Muchas de ellas se dirigieron hacia el hombre ganador y lo levantaron. Unos instantes después, cuando ya estaban a veinte, treinta, cuarenta metros sobre el suelo, tomaron al hombre por sus vestimentas y se lo llevaron a la cima de una colina. Ésta recobró su color cuando las palomas se acercaron a ella. Ahí lo dejaron. Ricardo nunca supo si el hombre se iba a quedar ahí por el resto de su vida o si volvería. Las palomas habían hecho este gesto, no por rabia sino como signo de respeto y de admiración. Después de todo, fue su paloma, -la proyección de su ser-, la que logró triunfar sobre tantos más.

El mundo recobró su color lentamente. Las palomas caían en picada al suelo y a los árboles, devolviéndoles su color y desapareciendo en el proceso. Al minuto, todo el mundo volvió a tener color, y el sol volvió a ser visible, justo a tiempo para el atardecer. Ricardo seguía sin entender cuál era la enfermedad que aquejaba a este pueblo y por qué las naranjas se dañaban con tanta frecuencia. Pero esa inquietud no le duró mucho. Estaba presenciando un momento inolvidable junto con el joven trompetista y todas esas personas a las que desconocía.

Tomás se le acercó a Ricardo y dijo:

– Qué suerte, allá en esa loma estaban las últimas naranjas que se podían comer…

– Ya chico, ¿me vas a decir por qué tienen una obsesión con sus naranjas? Dijo Ricardo amistosamente. Como para pasar el tiempo y lograr asimilar lo que acababa de pasar.

Los viejos del pueblo recuerdan los días cuando todo el mundo tenía naranjas… Después un turista llegó al pueblo y se llevó todo. Ayayayayay. Nos robaron, me cuentan. Sí, ahí empezó todo. Cuando yo nací ya todas los naranjos que lograban crecer sin la compañía de sus hermanos venían siempre con una naranja mala. Pero mala te digo. Malévola. Con un punto rojo en su centro.

Nadie parecía sorprendido por la desaparición del mundo que acababa de ocurrir entonces él decidió no pensarlo más y cambiar a otro tema. Se acordó de la mancha en el billete del motel y las advertencias que le hizo la señora de la agencia de turismo lo llevaron a retomar su investigación.

– ¿Un punto rojo, dices? preguntó Ricardo

– Ajá, igual que las palmeras torcidas a las afueras de aquí. Puntos rojos escondidos en el corazón de las frutas. Los adultos se comerán al menos una naranja con punto rojo en su vida, y a partir de ahí. Una vez que se comen esa naranja te digo que ya nunca vuelven a ver el punto, no. Pero el cuerpo y la mente cambian para siempre. Yo comí una rebanada y ahora tengo el pecho así. No le pasa a todo el mundo pero a mí sí me pasó, tío. Y ahora tampoco logro ver dónde están los puntos rojos.

Era impresionante cómo Tomás lograba siempre hablar con una voz monótona.

Ricardo estaba agotado de tanta subnormalidad. Con las fotos que tenía podía irse de ese lugar y entregar su asignación para el periódico. Decidió no volver a pensar más en todo eso. Durante sus últimas de estadía, disfrutó de las conversaciones que iniciaba la gente con él en la calle. Al rato, cenó dónde Don Tubos y regresó a su motel por entre la oscuridad. Quería preguntarle sobre el bus que lo llevaría a casa pero el viejo solo le dijo que no se preocupara, que el bus estaba ahí cuando era necesario. Al llegar a su motel con el techo, las paredes y el piso lleno de plumas, notó que no podía dejar de mirar las naranjas. Algo en ellas lo atraía de forma indescriptible. 

Parte 6

Ricardo se levantó a las ocho de la mañana. Listo para irse de ese pueblo tan extraño. Don Tubos le esperaba al frente de su motel como una estatua. Ricardo se asusta por la pose del viejo. Este le pide que lo siga a las afueras del pueblo para una caminata de despedida. Antes de dar media vuelta se topan con un árbol de naranjas, uno de muchos en el pueblo.

No nos comemos esas naranjas porque se parecen demasiado a nosotros, dijo  Don Tubos. 

Ricardo miró hacia arriba en el árbol. Quedaban tres naranjas colgando del árbol. 

– Se ríen de la gravedad al no caerse. No saben por qué siguen ahí si están podridas, pero lo siguen intentando. Aferrarse a lo que siempre han tenido en vez de tomar la posibilidad de ser algo nuevo, prosiguió. Ricardo asintió con la cabeza.

– ¿Será que puedo probar un pequeño pedazo antes de irme, por favor?

Con una expresión más seca que la de un árbol que al instante se transformó en nostalgia triste, Don Tubos le respondió:

– Jovencito, solo un mordisco. Por favor, lárgate después. Es más, te la doy cuando estés en el bus.

El bus que lo iba a llevar a su hogar lo estaba esperando en la plaza del pueblo. Don Tubos y Tomás le dieron una rebanada de naranja a Ricardo. Él la recibió y se despidieron con un saludo de mano.

– Bota esa maldita naranja a la basura, chico.

– Sí, Don Tubos, respondió el muchacho. 

Tomás, con su trombón en mano, corrió hacia una basura en la mitad de la plaza y la lanzó hacia arriba. La naranja entró de un golpe en la basura.

– Bien. Lo logré. Qué viva.

Solo una paloma solitaria, con pintura en sus alas, vio el punto rojo que se encontraba en el corazón de la naranja mientras ambas volaban por los aires, sintiendo la brisa de esa mañana.

Final

Ricardo Cases llegó a su hogar casi por la noche.

– ¡Papi! exclamó su hija.

– Hola a todos, he vuelto. Le dio un beso a Mónica y toda la familia se juntó en un abrazo. No os imagináis la felicidad que tengo de volver aquí. 

Mónica lanzó una sonrisa. 

– Te perdiste de la remodelación del cuarto de Susana. Pintamos las paredes y ahora su cama y escrito están al otro lado del cuarto.”

– Ah, ¿sí? Qué tal esto. No pude ayudar. ¿Hay algo que falte?”

– Yo quiero pintar algo muy lindo contigo en la pared. Hay un gran hueco y siento que toca llenarlo. Toca, toca.

La familia procedió a cenar una cena tardía y todos se fueron a acostar excepto Ricardo. Mónica lo esperaba en el cuarto pero antes de ir le entraron unas grandes ganas de escribir una idea. Una idea sobre lo que podría pintar con su hija en las paredes de su cuarto. Cogió una servilleta, el mejor lienzo para toda idea de un hombre que nunca fue bueno con las palabras, y escribió lo siguiente: “Calamar gigante. Rojo o rosado.” Y se fue a dormir.

Pequeña e improvisada nota de autor

Para clase de español tuvimos que escoger un proyecto de fotografía e intentar ser lo más creativos posibles escribiendo una crónica. Una crónica de ficción se basaba en la vida real, más particularmente en uno de los reportajes fotográficos de la página de Vist projects, añadiendo nuestro propio giro creativo.

Me gustó mucho la idea y me quedé hablando de ello con la profesora un buen rato. Cuando ya estaba seguro de que ninguna consigna me impidiese hacer lo que se me diera la gana, empecé a investigar sobre Ricardo Cases y su trabajo. Algunos elementos de esta crónica son tomados de la realidad. Después de tener suficiente información empecé a escribir. Me demoré unas seis horas en terminarla. Escribirla fue un placer así que espero que disfrutes del texto y de las fotos de Ricardo Cases aún más.

Biografía

Martín R.L nació en Boston, E.U en el 2005 pero ha vivido casi toda su vida en Bogotá. Estudió en el Liceo Francés Louis Pasteur de Bogotá, excepto en el 2015 cuando se fue a vivir a Connecticut un año. Sus pasatiempos son la escalada, la lectura, ver videos y oír música. Le encantan los libros de fantasía y de Stephen King aunque para esta crónica se inspiró mucho en sus lecturas actuales de El guardián entre el centeno, El Mundo de Sofía y de Gabriel García Márquez. También, ha viajado mucho por Colombia con su familia.      

Artículo

Libro

Video

  • Ricardo Cases, Estudio elemental del levante, Dalpine, The Ice Plant & Torch Press, 2020

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