Miguel Winograd, Bruma, PUNTO DE FUGA, 2020

“El tiempo no fluye únicamente; trabaja, se construye y colapsa; se desmorona y se transforma.

Se desliza, cae y renace. Se entierra y resurge. Se descompone y recompone”.

Georges Didi-Huberman, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, Abada, 2009

Entrevista 

P.D.F.: Miguel, Bruma es el resultado de varios viajes a los páramos de Colombia. ¿Qué lugares recorriste y porqué buscaste retratar esos paisajes? ¿Ese interés por el páramo tiene algo que ver con el ciclo del agua y la forma como la niebla baja sobre las montañas para irrigar la gran parte del territorio?

M.W.: En realidad es el resultado de casi cuatro años de caminatas ocasionales y algunos viajes más programados a cinco páramos: Chingaza, Sumapaz, El Verjón, Santubán y el Páramos de las papas. Durante bastante tiempo, me guiaba un interés más intuitivo que razonado, sentía una atracción visceral por esa luz tan especial de la alta montaña, por las transparencias y opacidades de la niebla, las texturas del paisaje y la forma en la que la película en blanco y negro las registra. Me interesa, como dices, la conexión entre el páramo y la ciudad (que muchas veces le da la espalda. Crecí en Bogotá, pero creo que la primera vez que fui a Chingaza fue a los 20 años. Desde entonces me fui interesando cada vez más por los ciclos del agua, la formación de los ríos, y el entramado de cuestiones económicas y políticas que amenazan a esos ecosistemas tan frágiles. Al final creo que estoy tratando de apuntar a toda una serie de interconexiones: entre el agua, la flora y la geología; entre distintas escalas y pisos térmicos; entre el hombre y el paisaje; entre mis emociones y las imágenes que capturo, etc. 

P.D.F.: Las zonas de páramo, a pesar de tener climas muy inhóspitos para la vida humana al ser muy húmedos y fríos, están habitados por campesinos, algunos de ellos, desplazados por la violencia, buscan refugiarse en zonas donde no pueda vivir nadie más. ¿Cómo ha sido tu encuentro con ellos y de qué forma llegas a retratarlos? ¿Hay un diálogo largo o es más bien un acercamiento discreto en donde consigues ganar la confianza de quienes acceden a ser retratados?

M.W.: Hubo distintos tipos de encuentros. En algunos casos fueron conversaciones muy breves en el transcurso de un paseo. Mis retratos suelen ser formales, así que siempre explico un poco lo que estoy haciendo (en la medida en la que yo mismo lo entiendo), y anoto un par de detalles de las personas. En Sumapaz y en Chingaza sí conocí a dos familias a las que visité varias veces, dormí en sus casas y me contaron sus historias, todas muy trágicas y bonitas. Es verdad que los páramos han sido poblados principalmente por comunidades desplazadas por sucesivas olas de violencia política. Aunque, documentar estas historias no era uno de mis impulsos principales, ahora que lo dices, pienso que las cicatrices de esa violencia también tienen que quedar de cierta forma plasmadas en el territorio. Digamos que hay una correspondencia entre ciertas miradas y rostros, la memoria que cargan y el paisaje que habitan.  

P.D.F.: Ese territorio es custodio de muchísimas especies de árboles, arbustos y rosetas. Uno puede encontrar el árbol Mano de oso o yuco, el chiriguaco, el Gaque, el encenilo, arbustos como el zorro, el amargoso o inclusive un tipo de lavanda nativa, además de los reconocidos frailejones. Algunas de tus fotografías hechas sobre placa de película, retratan de cerca esa fauna, al mejor estilo de Albert Renger-Patzsch, Karl Blossfeldt o Imogen Cunningham. Solamente que esta vez, las imágenes están en su hábitat natural y no registradas en estudio. Hay también en tu serie ramas de árboles oscuras en contraste con el cielo blanco. ¿Porqué has querido algunas veces darle esa monumentalidad o esa presencia inquietante a la naturaleza?  

M.W.: Al ir acumulando imágenes y organizándolas fui percibiendo en ellas una especie de lenguaje simbólico para hablar de distintos temas. Para mí esos paisajes albergan una serie de secretos, lecciones y reflexiones. Sin duda hay una dimensión más inquietante y oscura, que habla del final de los ciclos, de la muerte y la destrucción. En algún momento comencé a trazar distintas etapas en la vida de algunas plantas, como la puya y el frailejón, incluyendo su eventual descomposición. Y ya más adelante, leí algunos teóricos y poetas que cuestionan la visión del tiempo como una línea direccional y examinan modelos de temporalidades más complejas y enmarañadas como las ramas a las que te refieres.  Entonces intenté contraponer imágenes de plantas floreciendo y marchitando, por decirlo de alguna forma, y de entretejer imágenes de distintos elementos de estos lugares. Busqué hablar de la relación de lo pasajero con lo permanente, de los ciclos cortos, como los del clima que cambia todo el tiempo, y de los antiquísimos, como los movimientos milenarios que formaron las montañas. Y como se trata de fotografía en blanco y negro, hay un juego constante que contrasta luz con oscuridad, no solo a nivel formal sino figurado. 

P.D.F.: Toda tu serie en conjunto recrea un paisaje muy complejo en donde a veces las fotografías invitan a la contemplación, a veces la bruma cubre parte del paisaje hasta borrar el horizonte y en otras ocasiones hay un encuentro puntual con un campesino o un arbusto que llegan por sorpresa. ¿Cuál es la parte de realidad y cuál la parte de ensueño o de poesía en la serie Bruma?

M.W.: Personalmente se me hacía imposible separar esas dos partes. Las fotografías que hago son registros de una realidad: la luz que reflejan las cosas en un lugar y momento determinados y registra una emulsión de gelatina de plata; de ellas surge una “emanación del referente”, como escribe Barthes en uno de sus ensayos. Por otro lado, también hay un nivel de abstracción y ensueño en las fotos. El paisaje se vuelve un espejo de las emociones y el registro fotográfico una forma de explorar el inconsciente. Un paisaje tan extraño, que a veces parece otro planeta, el paisaje se presta particularmente bien a este ejercicio. El cómo separar realidad y percepción ya es una pregunta medio epistemológica. Todas las realidades son subjetivas. Para mí, intentar capturar un poco de esa realidad fantasmal también es importante porque marca una transición en mi propia práctica fotográfica, de proyectos más convencionalmente documentales e incluso periodísticos a una mirada más contemplativa y poética.

P.D.F.: Mientras recorría el espacio de exposición de tu obra, te oí mencionar la presencia de poesía. El recorrido de las imágenes parecía estar entrelazado con textos extraídos de compendios poéticos antiguos de diversas culturas que tú fuiste agregando como una capa más de sentido para leer tus imágenes. Uno de esos poemas se titula Tochihuitzin: Sólo vinimos a soñar. Lo adjunto a las siguientes preguntas: ¿Qué te llevó a evocar esa poesía náhuatl? ¿Se puede decir que Bruma es un proyecto que nos sitúa en ese límite poroso entre la ensoñación –o el subconsciente, el mundo oscuro de la mente explorado por los surrealistas- y la realidad? 

Tochihuitzin: Sólo vinimos a soñar

Así lo dejó dicho Tochihuitzin,
Así lo dejó dicho Coyolchiuhqui:
De pronto salimos del sueño,
sólo vinimos a soñar,
no es cierto, no es cierto
que vinimos a vivir sobre la tierra.
Como yerba en primavera
es nuestro ser.
Nuestro corazón hace nacer,
germinan flores de nuestra carne.
Algunas abren sus corolas,
luego se secan.
Así lo dejó dicho Tochihuitzin.

Miguel León-Portilla, La tinta negra y roja: Antología de poesía náhuatlEdiciones Era, 2012

M.W.: Totalmente. Todo eso se cristalizo después de varios años de fotografiar y meses de revisar imágenes. Fue un proceso lento de explorar y descifrar. No se trata para nada de un proyecto que haya conceptualizado de antemano. Leyendo algunos poetas místicos—sufíes, náhuatl, japoneses, presocráticos—encontré ecos de mi experiencia personal en el páramo. En todas esas tradiciones, la contemplación de la naturaleza es un medio para meditar sobre las polaridades de la vida, del tiempo y del universo. En el mundo náhuatl en particular hay un enfoque en lo efímero de la experiencia humana y la inevitabilidad y centralidad de la muerte. Y como te decía en la respuesta anterior, no puedo separar las corrientes oscuras de mi inconsciente de mi forma de mirar y de fotografiar una realidad. Es algo que apenas vengo descubriendo a tientas. Algunos dicen que ante la saturación obscena de imágenes, la fotografía ha perdido su razón de ser. Pero yo creo que es un medio muy amplio y generoso dentro del cual se pueden hacer muchas cosas distintas, y en mi caso se ha vuelto a una forma de plantearme preguntas de las cuales no siempre he encontrado las respuestas.

P.D.F.: ¿Piensas que la naturaleza es ese mundo que existe más allá de nosotros? ¿Cuál es tu percepción del mundo natural y cómo ha influenciado tu forma de registrarla a través de la cámara? 

M.W.: La palabra naturaleza es muy cargada. En un librito de Raymond Williams donde define distintas áreas de significado de conceptos importantes, propone lo siguiente: “Naturaleza es tal vez la palabra más compleja del idioma. Resulta relativamente fácil distinguir tres áreas de significado: (i) la calidad y carácter esenciales de algo; (ii) la fuerza inherente que dirige al mundo o a los seres humanos, o ambos; (iii) el mismo mundo material, incluidos o excluidos los seres humanos. No obstante, es evidente que en (ii) y (iii), si bien el área de referencia es clara en términos generales, los significados precisos son variables y por momentos inclusive opuestos.” Como dice Williams, no es claro que podamos excluirnos de la naturaleza, aunque hoy en día tampoco es claro que seamos parte de ella. Parece que seguimos pegados en esa dialéctica. Yo diría que es algo así como una red gigante y compleja de interdependencias y conexiones.

P.D.F.:  En un texto de introducción, dices que tu fotografía se inscribe en la tradición documental que busca registrar cosas que están a punto de desaparecer. Dices que la fotografía es una forma de despertar la conciencia sobre la fragilidad de los territorios que, a pesar de su aparente inalterabilidad, están objetivamente amenazados.  Sin embargo, existen imágenes contemplativas que transfieren ese paisaje a un tiempo que parece suspendido. A pesar de la extinción de un gran número de especies de fauna y flora, la naturaleza parece estar destinada a sobrevivir al ser humano. ¿Qué es lo que está en riesgo? ¿Qué es lo que estos páramos como ecosistema tienen de frágil?

M.W.: En general soy bastante pesimista en cuanto a la capacidad de la fotografía de despertar la consciencia sobre problemas sociales y ecológicos. Creo que hoy en día el efecto predominante de la imagen fotográfica es adormecernos, pero esa es otro tema. A veces pienso que somos una generación a la que le tocó enfrentarse a un futuro de destrucción ecológica inconcebible. En el caso particular de los páramos, a mi modo de entenderlo, la minería, la ganadería y los pesticidas utilizados para cultivar papa, además del calentamiento global, que algunos prefieren denominar como crisis climática, son amenazas objetivas a la supervivencia de esos ecosistemas. Estoy muy lejos de tener el conocimiento científico para explicar esa fragilidad, pero sé que es un hecho. Y en mi serie se manifiesta en plantas muertas y en oscuridad. Una escena de una puya cuando se cae su flor parece la explosión de un volcán. En el texto digo que hay un nivel documental del proyecto que está jugando constantemente con esos otros niveles de lectura, más abstractos y contemplativos.

P.D.F.: Pienso que las fotografías que puedan parecer más documentales o más próximas al registro fiel de la realidad y del instante presente son los retratos. Es indudable que detrás de algunas de esas figuras de campesinos que miran a la cámara, hay algún guiño de ojo enviado a la obra de August Sander. Pienso en Face of Our Time o en People of The XXth Century, dos de sus más importantes proyectos. A pesar de la fuerza de las imágenes y su aspecto algo misterioso, en los retratos que te menciono, los hombres y mujeres no parecen ser figuras mitológicas. Su presencia es real, es frontal y es directa. Nos miran desde su propio territorio. ¿Estas imágenes tienen algo que ver con tu experiencia en el mundo del reportaje fotográfico?  

M.W.: Sander es uno de mis fotógrafos favoritos, además de los otros que mencionaste arriba (más Blossfeldt que Renger-Patzsch, a quien despreciaba Walter Benjamin por su trabajo comercial). Y los retratos documentales han sido un componente clave de mi práctica fotográfica. Tengo un archivo más o menos grande de retratos del mundo rural colombiano que comencé con la idea de hacer una especie tipología inspirada en la que hizo Sander de la sociedad alemana. Y sí hay una intención de hablar de la relación de estas personas con su territorio. Dices que no parecen figuras mitológicas, pero yo sí veo en ellos cierta monumentalidad. Y en uno en particular, el de doña Anatilde Molina en el Sumapaz, ella parece casi como un espíritu de la montaña. 

P.D.F.: Estos paisajes como tú bien lo has dicho, son tierras de deidades para las culturas precolombinas que los habitaron o que transitaron por ellos. ¿Qué relatos has podido recuperar de nuestras culturas ancestrales? ¿Hay alguna historia de principio o fin de la creación que tenga por referencia el páramo en las culturas pre-hispánicas de Colombia?  

M.W.: Aunque mi investigación del tema es bastante superficial, entiendo que los únicos vestigios de la mitología muisca son los relatos que acopiaron algunos cronistas españoles, una mirada inevitablemente teñida de prejuicios y presuposiciones. Sin embargo, existe una versión del mito de creación muisca que sucede en la laguna de Iguaque, de la que surgió la primera mujer, Bachué, que pobló al mundo. Eventualmente se despidió de su descendencia y volvió a la laguna transformada en serpiente. Una cadena de lagunas sagradas en los páramos eran sitios de peregrinaje de las culturas precolombinas. Los páramos son el origen de los ríos, juegan un papel fundamental en el ciclo del agua, algo que no podía pasar desapercibido y que seguramente estaba impregnado de significación simbólica y religiosa en esa época. En el mundo campesino, los páramos también cargan toda una serie de supersticiones. Se dice que las lagunas están acechadas por fantasmas, la gente desparece en la niebla, etc.

P.D.F.: Es cierto, he oído por colegas economistas que algunos campesinos hablan del andar de las nubes sobre las montañas, una expresión que habla de una poesía y una mitología campesina todavía vivas en su cultura. Si uno se pone a contemplar el paisaje por un momento, el elemento más presente y cambiante es precisamente el de la niebla, que puede llegar a cubrirlo todo mientras las nubes bajan hacia las montañas para cargarse del agua de los páramos. Cuando hablamos de mitología asociada al paisaje, podemos imaginar que tanto los relatos como las fotografías se dan en un espacio tiempo diluido o suspendido. Esa frase tan conocida con la que empiezan las historias: “al inicio” estaba la nada (que en realidad se puede asociar a la “niebla”), como si se tratara de un estado de confusión de los elementos previo a la creación de la vida humana. Ese tipo de relatos es interesante porque no permite determinar a escala humana cuándo empezó la vida y en qué momento aparecieron las culturas y nos sitúa en un tiempo suspendido: “al comienzo”. Hay una noción de origen muy interesante. ¿Qué papel tiene el mito en tu obra fotográfica? 

M.W.: No diría que es un paisaje diluido o suspendido en el tiempo, sino una examinación de la complejidad del tiempo, o de los tiempos, que marcan los ciclos del páramo. La secuencia de la exposición sí tiene un principio, una especie de círculo/ojo/origen, y un final, la vejez, la muerte de las plantas y la disolución de la civilización. Pero entre esos dos extremos yo veo una realidad compleja en la que coexisten ambos extremos de las polaridades: no hay luz sin oscuridad, creación sin destrucción, vida sin muerte. 

P.D.F.: ¿Una imagen contemplativa no es acaso la representación condensada de un instante inamovible y un momento ya muerto o pasado? ¿El instante fotográfico no es ese acaso, la conjunción de las dualidades de las que hablas: luz/oscuridad, vida/muerte, aridez/exuberancia, lucidez/sueño, creación/destrucción, principio/fin? 

M.W.: No podría haberlo dicho mejor. En todo caso, la relación de la fotografía con la muerte es algo que está inscrito en la genética de lo que está en el medio, entre esas dos realidades. John Armstrong Bennet, uno de los primeros daguerrotipistas que abrió un estudio de retratos en Bogotá a mediados del siglo XIX, anunciaba sus servicios ofreciendo inmortalizar el rostro de los que inevitablemente se transformarían en “alimento de gusanos”. 

P.D.F.: ¡Gracias Miguel! Me despido con la poesía de Aurelio Arturo (en homenaje a los paisajes húmedos, a los campesinos del páramo y a tus andanzas por la montaña) y registros científiícos de la fauna y flora del páramo para quienes no conocen esos paisajes. 

Morada al sur

II
“Y aquí principia, en este torso de árbol,
en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
la casa grande entre sus frescos ramos.
En sus rincones ángeles de sombra y de secreto.                                         
En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.
Pero cuando las sombras las poblaban de musgos,
allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos,
sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.
Entre años, entre árboles, circuida                                                                
por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,
casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,
a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.
En el umbral de roble demoraba,
hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,                                        
el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,
demoraba entre el humo lento alumbrado de remembranzas:
Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas
del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo
asombrosas ramas.                                                                                        
Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,
yo ascendí, yo subí a las montañas donde un grito
persiste entre las alas de palomas salvajes”.

Aurelio Arturo, Morada al Sur y otros poemas, Visor, 2018

Páramo
nombre masculino

1. Terreno llano, yermo, desabrigado, y generalmente elevado.
“al erosionarse los macizos se formaron los típicos páramos, en los que se han ido encajando los ríos”

2. Situación carente de actividad cultural.
“aquellos años fueron un páramo para toda creación artística”

3. Lluvia menuda que cae blandamente.

Flora:

Fauna:

  • Oso de anteojos 
    (Tremarctos ornatus)
    Cerro Páramo de Miraflores, Huila

Web
http://www.miguelwinograd.com

Biografía

Miguel Winograd es un fotógrafo colombiano nacido en 1984. Después de realizar estudios en historia latinoamericana en la New York University y tras emprender digresiones varias, se graduó del programa de fotografía documental del ICP en Nueva York. Su obra explora las relaciones de las personas a su entorno, y en muchas de ellas la fotografía revela el trasfondo de conflicto social. Pero también es posible ver en sus imágenes retratos de la naturaleza en blanco y negro. Trabaja principalmente con procesos análogos en gelatina de plata. Sus fotos han sido expuestas en Nueva York, Bogotá y Berlín, y publicadas en distintos medios, incluyendo el New York Times y The New Republic.

Talleres – Liebre Lunar


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