David Mocha, Nuevas topografías ibéricas

Con la última crisis económica europea, la fotografía ibérica vivió un gran auge. Fueron muchas las disidencias fotográficas que, al buscar un nuevo lenguaje fotográfico, abrieron espacios para una fotografía crítica. Editoriales independientes como Dalpine, Ca l’Isidret, Fiebre Ediciones y Ediciones Anómalas, entre otras, con producciones hechas en pequeñas tiradas de entre 10 y 100 libros anuales, encausaron muchas de las preocupaciones de una nueva generación de fotógrafos españoles que empezaban a romper con las barrera del mundo del arte, editando y exponiendo ante el mundo miradas críticas, discursos polémicos y fotografías saturadas, sin compromiso. Davi Mocha es uno de esos fotógrafos que le devolvió al género documental su autenticidad y su fuerza.

PUNTO DE FUGA ha querido conocer más a fondo el trabajo documental de este fotógrafo nacido en Reus, en la región de Tarragona. Su recorrido por las regiones de Cataluña, Andalucía y Alicante, ha traído a la fotografía nuevas topografías ibéricas. Quisimos sondear con él esos territorios en donde el campo reclama su presencia frente a la creciente expansión de las zonas urbanas y de la industria. En medio de ese caótico cambio en la geografía española, el paisaje es el reflejo de la vida de quienes han querido estar al margen de la modernidad, pactando con ella a cada momento. En medio de ese forcejeo, David Mocha ha ido recorriendo esas tierras que él considera como espacios en transición, revelando en ellos una vida que desconocíamos. Esos son espacios en resistencia, lugares en donde la gente se opone a la uniformidad de las formas en las que ha tenido que vivir. El fotógrafo nos cuenta…

Entrevista a David Mocha
Por PUNTO DE FUGA

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P.D.F.: David, la primera vez que descubrí tu trabajo fue a través de una serie de fotografías que hiciste en los alrededores de la ciudad de Tarragona. La noción de límite y de frontera es un tema que obsesiona mucho a los fotógrafos de tu generación. En vez de hablar de delimitación territorial, tú hablas de territorios en transición. Es como si tus fotografías hablaran de un espacio que no ha adquirido su identidad del todo, un espacio perdido entre el campo y la ciudad. ¿Esa transición que vive el territorio hacia dónde lo lleva exactamente? ¿Qué es lo que la fotografía revela de esas zonas en estado de transformación?

D.M: Comencé Transición como una búsqueda de los límites de la ciudad, pero descubrí que Tarragona había perdido sus fronteras, se habían diluido sus límites. La descentralización de la ciudad hace que se construyan centros comerciales y de ocio, urbanizaciones residenciales, polígonos industriales, etc., fuera de la ciudad, conectándolos con el núcleo urbano a través de carreteras e infraestructuras. En estos lugares donde históricamente había existido una separación clara de la ciudad con el campo es donde ahora la ciudad se va transformando y expandiendo mediante una constante modificación de sus vías de comunicación. La fotografía revela lo que los arquitectos han llamado la “no ciudad” o “caos urbano”, construcciones y vacíos sin ningún orden, sin forma ni función comprensible: descampados, fábricas abandonadas, solares, etc., los Terrain Vague como los llamó Ignasi De Solá-Morales, territorios que se entremezclan con las residencias, las carreteras, los barrios, los centros comerciales y que forman un vasto sistema territorial, la “ciudad difusa”.

Este territorio que hasta ahora había sido el telón de fondo de la ciudad ahora se ha convertido en el protagonista del paisaje urbano, los espacios vacíos y abandonados, son territorios por donde nos movemos diariamente, recorriéndolos y habitándolos de una manera más intensa a veces que el mismo centro histórico de la ciudad.

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P.D.F.: La historia de la fotografía está marcada por el nacimiento de diversas misiones de exploración territorial. La DATAR, esa misión fotográfica que fue una iniciativa de gobierno tenía un propósito muy claro, documentar a través de la fotografía la transformación del paisaje francés en la década de 1980. Sophie Ristelhueber hizo un trabajo formidable. Su fotografía era casi una radiografía del paisaje montañoso recién intervenido por el hombre. Siempre me pregunté qué tan limitado podía estar el fotógrafo para adoptar una mirada crítica sobre esa transformación del territorio. Si no me equivoco, tu trabajo no responde a ninguna misión en particular. ¿Por qué entonces, fotografiar el territorio? ¿Hay algo en particular que tu fotografía exprese, que no haya sido tratado ya en los ojos de los fotógrafos de los 80’s?

D.M: Justamente fue el descubrimiento de algunos de los fotógrafos de la misión de la DATAR (como Gabriele Basilico o Lewis Baltz) lo que hizo que me interesase por la fotografía de paisaje, pero también el trabajo de los fotógrafos de New Topographics (Robert Adams, Stephen Shore, etc.). Pensé que a través de la fotografía podía intentar comprender el territorio en el que vivía, esos paisajes que siempre miraba desde la ventanilla del coche y que me cautivaban no sabía muy bien porqué. Estudiar a esos grandes fotógrafos que ya habían tratado temas referentes a la periferia urbana me dio las claves para poder descifrar el paisaje por el que me estaba moviendo, así que comencé a fotografiar adoptando esa técnica y estilo documental. No obstante, el trabajo pretende ser más subjetivo que analítico, ya que para mí no era tan importante el registro objetivo del paisaje periurbano como la experiencia subjetiva de transitar esos territorios, lo que daba como resultado un registro fotográfico que conformaba un paisaje particular, con una estética documental y objetiva, pero que hablaba de mis propios trayectos por la periferia de la ciudad. Era el acto de recorrer el espacio (en coche o caminando) lo que generaba los paisajes.

P.D.F.: ¡Muchas veces el fotógrafo puede ser también un excelente narrador de crónicas sociales o familiares! Bonavista es una serie de fotografías tuyas que relata las experiencias de los migrantes que llegaron en los años 50 a las márgenes de Tarragona en España, buscando un nuevo destino. Dices que ése también es un trabajo sobre la identidad del territorio. Lo primero que uno piensa al ver esa serie que publicaste con las Ediciones Anómalas es que se trata de una crónica fotográfica. Al llegar los migrantes, llegan también con ellos las fotografías, los recuerdos familiares, las historias de vida que ellos traen. ¿Existe realmente una conexión entre la tierra de exilio y los recuerdos? ¿Qué queda más allá del recuerdo familiar?

D.M.: El paisaje y la forma del barrio de Bonavista no sería lo que es ni tendría el sentido que tiene hoy en día sin una conexión con la tierra de quienes emigraron a Catalunya y sus recuerdos. Viví y crecí en el barrio, aunque siempre sentí una gran desconexión con él, estudié en Tarragona, mis amigos vivían en la ciudad y yo siempre me moví por el centro y no en el barrio. Mi visión de Bonavista era negativa, era un lugar rodeado de fábricas, descampados, carreteras, en el que yo no me sentía integrado, lo único que me relacionaba con él era que mi familia vivía allí. Fue precisamente el relato de mi abuelo, emigrante extremeño, lo que me ayudó a mirar el paisaje de una manera nueva (ya hacía varios años que yo no vivía en el barrio y eso también me ayudó a mirarlo de un modo más distante). Decidí entonces que tenía que mostrar un paisaje positivo, donde las identidades habían posibilitado crear un espacio nuevo donde no había nada y en el que muchas familias pudieron tener una vida mejor.

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P.D.F.: Se ha escrito mucho sobre los territorios sin identidad, espacios que por su aridez o su destrucción se han quedado sin historia. Me pregunto si en tu trabajo fotográfico hay espacio para esos “no-lugares”. ¿Es posible retratar paisajes inexpresivos o sin historia? ¿Cómo has podido lidiar con esa idea de la ausencia de la identidad de un territorio?

D.M: Hoy en día estamos rodeados de no-lugares, lugares estereotipados, homogeneizados, sin personalidad, sin embargo, creo que las personas tenemos la necesidad de hacernos nuestros esos espacios y de un modo u otro acabamos dándoles cierta identidad. Los centros comerciales, áreas de servicio, gasolineras, etc., son todos iguales, pero si prestamos atención veremos pequeñas diferencias, detalles que las personas que habitan esos lugares han ido modificando y que dotan de cierta personalidad a un lugar que carece de ella. Cuando comencé el trabajo de Bonavista enseguida me di cuenta que esos territorios de la periferia que aparentemente carecían de historia estaban llenos de personalidad, pequeños elementos que sus habitantes habían dispuesto de determinada manera (una piedra para sentarse bajo un árbol, una silla en medio de un descampado, unos tubos que formaban un circuito para bicicletas, etc.) o marcas y rastros de los recorridos a través del campo (caminos, pintadas , ruinas) mostraban pequeñas historias y daban forma a un paisaje que se construye y modela a partir de experimentar y vivir el territorio.

P.D.F.: Una de las ventajas de la fotografía documental, es que el fotógrafo es capaz de mostrar la presencia de lo que está ausente. Los rastros, las ruinas, los archivos, son todas expresiones de algo que ya dejó de ser. Todo eso la fotografía lo trae a un tiempo presente, lo actualiza de alguna forma…

D.M: La fotografía siempre trae al presente algo del pasado. Pienso que la fotografía siempre es documental, sea el género que sea (publicidad, reportaje, retrato, ficción) siempre se está registrando algo que está delante de la cámara y luego está el estilo documental, la forma que le damos a la fotografía para que responda a unos códigos de veracidad, realismo, etc. Me gusta diferenciar el género documental como un estilo, ya que la condición documental, de registro, de huella, es algo inherente al medio fotográfico y lo que entendemos como fotografía documental son una serie de recursos estilísticos que nos hacen mirar la fotografía de una determinada manera.

P.D.F.: El Paraíso es un trabajo más lírico enigmático y subjetivo, un reflejo del territorio imaginado que tu encontraste deambulando por los jardines de Madrid. Uno podría pensar que a este estado de tu recorrido estás intentando llevar la fotografía a integrar nuevas formas de dramatización del paisaje. Pero pensándolo bien, el jardín también puede ser un edén, la proyección de un paraíso terrenal. La alhambra es el ejemplo claro de esa cosmogonía que el paisaje puede transmitir ¿Cuál es ese paraíso del que tú hablas, es acaso un sitio real o es más bien un territorio imaginado? Lo pregunto porque la frontera entre estas dos ideas es muy frágil… ¿Cómo hacer la diferencia?

D.M: En El Paraíso utilizo lo real para elaborar una ficción, como hablábamos antes, me interesa utilizar un lenguaje documental puro y directo, aparentemente realista, pero en este caso para mostrar algo que no existe, para construir un territorio irreal, un lugar utópico que pertenece al imaginario colectivo. Lo que pretendo es reflexionar acerca del concepto de paraíso, un lugar que se nos ofrece como una promesa de felicidad, un territorio ideal, donde se goza de la dicha eterna, sin embargo, el paraíso es un lugar demasiado perfecto, en el que no se puede gozar de total libertad, es un espacio cercado de donde no se puede salir, regido por ciertas normas que no se pueden transgredir.
El trabajo plantea además una analogía entre jardín y fotografía. Ambos conceptos llevan implícitos la condición de engaño, los jardines son una recreación artificial de la naturaleza y la fotografía es una ilusión, una representación de lo real, en ambos casos el éxito reside en ocultar la mano del hombre, en hacer invisible la frontera entre lo real y lo imaginario (y entre la naturaleza y el artificio).

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P.D.F.: Rabasa es tu última serie. Al ver las imágenes pareciera como si tus fotografías hubieran dejado de contener esa carga documental para convertirse en expresiones más poéticas de un deambular por tierras áridas. Muchas veces, lo que esas fotografías muestran son rastros de vida. Alguien ya estuvo ahí. ¿De qué se trata esta serie? ¿Se trata acaso un relato del abandono del fotógrafo en un paisaje árido o de una nueva forma de reconciliarse con ese territorio? ¿Haces el viaje con algún propósito en particular?

D.M: Esta serie en el que estoy trabajando ahora es la exploración de un territorio inhóspito, semidesértico, situado a las afueras de Alicante. En Rabasa realizo una serie de incursiones por el territorio en las que el andar se convierte en acción simbólica que transforma el espacio y construye el paisaje. Aunque sigue siendo un trabajo en el que utilizo el lenguaje documental, pretendo generar unas imágenes más poéticas y subjetivas que en mis anteriores trabajos. En cierto modo Rabasa es una reivindicación de los espacios vacíos y yermos de la periferia de la ciudad, unos lugares anónimos, olvidados, que están fuera de las dinámicas urbanas pero que viven en un delicado equilibrio con la ciudad y que se manifiestan como espacios de libertad alternativos.

P.D.F.: Hay algunos retratos. Me pregunto si para ti el retrato tiene el mismo registro que la fotografía de paisaje. Lo digo porque una de esas fotografías se titula: Desconocido, parque El retiro, Madrid. Es fascinante ver cómo la fotografía hoy puede ser tan precisa y tan incierta al mismo tiempo. ¿Crees que el anonimato es algo específico al retrato fotográfico? ¿Piensas que la fotografía se hace interesante cuando se convierte en la negación de la identidad del otro?

D.M: La fotografía de retrato siempre niega de algún modo la identidad del sujeto, vemos su presencia a través de los ojos de otro, hay siempre una lucha entre el fotógrafo y la persona fotografiada, entre como esta quiere ser representada y como la quiere mostrar el fotógrafo. Como bien dices, la fotografía es muy precisa e incierta al mismo tiempo (en eso radica su fuerza) vemos la presencia física de alguien que está delante de la cámara capturada en una fracción de segundo, pero no sabemos nada más sobre esa persona, es realmente alguien anónimo, toda la información sobre su identidad es externa a la propia imagen. En mis fotografías de El Paraíso los retratados son paseantes desconocidos a quienes pido tomarles una fotografía y a quienes dirijo levemente para obtener la imagen que busco, elijo a ciertas personas en las que veo algo que me gusta (puede ser el rostro, su mirada, la vestimenta o el gesto) son personas reales que mediante la fotografía se transforman en personajes de un teatro.

P.D.F.: Tengo la impresión de que tu fotografía se hace más interesante cuando la realidad se convierte en algo absurdo. Hay fotografías del barrio Bonavista que parecen escenarios de teatro, pero uno sabe a ciencia cierta que se trata de un momento real. ¿Es algo que has hecho a conciencia?

D.M: Sí, hubo una búsqueda consciente de ese tipo de imágenes. Necesitaba mostrar a las personas que vivían en el barrio, así que por un lado realicé algunos retratos (que finalmente quedaron fuera de la edición final) y por otra parte hice una serie de fotografías de paisajes donde estaba presente la figura humana. Buscaba unas imágenes donde los personajes realizasen una leve acción, pequeñas historias fotografiadas a una cierta distancia que quedasen suspendidas en el tiempo a causa de la fotografía y que pudiesen generar preguntas, cierta extrañeza en el espectador. Son pequeños momentos en los que las personas están habitando el lugar y usando esos espacios marginales de la periferia.

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P.D.F.: Si tuvieras por misión de hacer un libro que cuestione la identidad del territorio español, ¿por dónde empezarías? ¿Intentarías hacer tu propia versión del París-Texas español, esa tierra de nadie?

D.M: Sería una empresa tremendamente complicada, sobretodo porque creo que la identidad española está formada por muy ricas y diferentes identidades territoriales que merecerían cada una de ellas una historia por separado. Si tuviese que empezar por algún sitio este sería Extremadura, la tierra y los pueblos de donde procede mi familia. Sería una especie de vuelta al origen, me gustaría explorar esa parte de España que vive alejada de las grandes ciudades y que todavía conserva unos valores tradicionales muy ligados a la familia, a la naturaleza y a la tierra a la que pertenecen.

Web.

David Mocha.

Biografía.

David Mocha nació en Tarragona, España en 1982. Vive y trabaja en Alicante. Estudió Fine Art Photography en la LENS Visual Arts School de Madrid. Su trabajo fotográfico explora nuevas formas de representación del paisaje contemporáneo. Sus imágenes revelan las diversas etapas de la construcción y de la transformación del paisaje que ha sido intervenido por el hombre.

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