Bogotá en 1948: lecturas, recortes y archivos familiares

“Aquí, en este libro –que es el que fui– encerré más de doce años de trabajo; aquí recogí la flor y el fruto de mi experiencia de niñez y de mocedad; aquí está el eco, y acaso el perfume, de los más hondos recuerdos de mi vida y de la vida del pueblo en que nací y me crié; aquí está la revelación que me fue la historia y con ella el arte …”

Miguel de Unamuno, Paz en la guerraAlianza Editorial, 2009 

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Diatribas sobre el 9 de abril de 1948
PUNTO DE FUGA

El 9 de abril de 1948 fue un momento de ruptura en la historia del reportaje gráfico en Colombia. Si es cierto que muchos fotógrafos y reporteros de mediados del siglo ejercían ya una actividad de reportaje gráfico muy enfocada hacia el estudio de las transformaciones urbanas que vivía Bogotá en ese entonces y hacia el relato humanista de una variedad de acontecimientos culturales, políticos y sociales en la capital, el 9 de abril cambió profundamente la representación de la violencia en Colombia. Los pioneros de la reportería gráfica que se habían reunido en la década de los 40 entorno a una serie de agencias de reporteros como lo eran Foto Sady de Sady González, Foto Gaitán de Ignacio Gaitán y Foto Express de Carlos Jiménez. Diez años después muchos habrían de integrar el Círculo de Reporteros Gráficos de Colombia fundado por Sady González. Entre ellos, una serie de fotógrafos como Manuel Humberto Rodríguez Corredor – conocido como Manuel H.-, Carlos Jiménez, Carlos Caicedo y Luis B. Gaitán -a quien llamaban comúnmente Lunga- iban a reunir gran parte de la iconografía que hoy se conoce sobre el 9 de abril. Luis B. trabajaba para el periódico Jornada que era el encargado de acompañar al movimiento de Jorge Eliécer Gaitán. Los otros fotógrafos trabajaban para los periódicos más influyentes del momento: El Siglo, La Revista Semana, Cromos, El Espectador y El Tiempo, que han reunido las voces oficiales del crimen del siglo.

PUNTO DE FUGA ha querido indagar sobre los archivos que tanto la prensa como los fotógrafos, las instituciones culturales como La Biblioteca Luis Ángel Arango y el Archivo de Bogotá, los escritores, los ilustradores y las diversas familias de Colombia han ido preservando la memoria visual de ese momento histórico: ¿cuáles han sido las voces, los discursos y las narrativas que el 9 de abril fue generando en nuestra memoria y la de los intelectuales que presenciaron o quisieron recordar ese momento? ¿qué crónicas han sido a la vez el testimonio y discurso de lo que fueron esos inicios de la violencia en Colombia?

Al indagar en el mundo de la fotografía PUNTO DE FUGA descubrió una serie de imágenes y de publicaciones que abren el panorama sobre la forma como se ha ido narrando a travez de la imagen un momento de ruptura en nuestra historia. Los reporteros de agencia no fueron los únicos en hablar de la muerte de Gaitán y de los disturbios que generó la explosión de violencia en Bogotá. También Carlos Martínez, Daniel Rodriguez y hablaba de La primera chispa del Bogotazo con una fotografía que hoy conserva el Banco de la República en la que se puede percibir el incendio en las calles del centro de la ciudad.  Tito Julio Celis también pudo narrar a su manera el incendio de los tranvías y los daños que sufrió la infraestructura en una ciudad marcada por los saqueos y el vandalismo. El descontento popular y los relatos familiares hablaban de días de desorden y de caos en las calles de Bogotá.

Inspirada por esos relatos no oficiales, decidí dar a conocer a través de PUNTO DE FUGA el archivo familiar que mi abuelo Alberto Mora González me había legado. Aparecían en un muy diminuto fajo de impresiones del tamaño de los negativos, una serie de fotografías sobre el 9 de abril, sin ninguna indicación sobre el autor, los lugares fotografiados o la procedencia de ese pequeño grupo de fotos.

Archivos Familiares.

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Abril de 1948. Archivos Familiares. Autor desconocido.

Quienes relatan ese acontecimiento son también quienes han querido ser testigos de la historia. En muchas de las obras impresas a las que pude acceder, buscando en los archivos del Museo de Bogotá, leyendo las crónicas reunidas en las Revistas Número 53, Semana, Cromos y El Malpensante, así como en periódicos en los que se hubieran publicado homenajes póstumos a la muerte de Gaitán con fotografías de la época – pienso en el diario El tiempo y en el diario El Espectador-, la conmoción es grande. La fotografía parece ser testigo de la violencia del momento. Sólo en las palabras de los intelectuales como Antonio Caballero, William Ospina e historiadores como Gonzalo Sánchez ese período de Violencia es narrado con la voz de quienes intentar hacer una crítica de nuestra historia. Antonio Caballero hablaba de Gaitán como el Hombre que inventó un pueblo y William Ospina hablaba de La persistencia de un día tremendo queriendo hacer memoria al evocar la persistencia del recuerdo de ese 9 de abril.

Buscando en el archivo familiar, poco a poco se fueron ampliando las voces y los discursos fueron tomando mayor profundidad.Algunos de los libros de fotografía y los archivos fotográficos son de la época y una de las crónicas también data de 1948. La diversidad es sorprendente. Hasta hoy he podido reunir libros de propaganda, fotografías originales y textos de ese período que he ido asociando a historias gráficas. Todos esos libros los pueden ver y descubrir en este artículo. Con excepción del primer relato que adjunto a la serie, sin ningún orden cronológico sino más bien tal y como los he ido encontrando, los demás textos que van a ir sumándose a la publicación no son literales ni tienen valor histórico. Su valor es más bien literario.

Esos relatos nuevos, son traídos al caso para abrir de nuevo ese capítulo y verlo con los ojos de los que han decidido recordar. Todos funcionan como una invitación a dialogar con la conciencia escuchando a los intelectuales que han sabido escribir y pensar la paz en tiempos de guerra, lamentarse por ella e intentar explicarla de algún modo. No se trata con ello de estar a favor o contra, se trata de pensar más allá de las oposiciones partidistas que provocaron la muerte de ese caudillo. Aquí están los retazos de esa historia archivada, fragmentos de nuestros cien años de soledad.

Texto: El río.

V. El Hotel Rojo

Tomé un cuarto en el hotel Paloma, una modestia residencia de la calle catorce, en La Candelaria, el barrio colonial que va desde la catedral hasta el pie de los montes. Tim estaba retrasado. Me quedé dormido, y, cuando desperté, todavía no había señales de que hubiera llegado. Salí a la calle bajo una leve llovizna, a pesar de la cual decidí tomar un teleférico par air a Monserrate. Situado en la cumbre del monte, a poco más de trescientos metros sobre la sabana, es un refugio tranquilo y el único punto desde donde se puede ver toda la ciudad. En mañanas claras, antes de que el humo y os gases de escape nublen el cielo, es posible divisor hacia el oeste, a unos doscientos kilómetros, el nevado del Tolima, un bello cono volcánico que se destaca entre los picos cubiertos de nieve de la Cordillera Central.

Al caminar por las calles estrechas del barrio hacia la base de la montaña, pasé por la casa de un hombre de edad con el que después solía quedarme cuando iba a la capital. Había sido político, era miembro del partido liberal y algunos pensaban que era comunista. Lo conocí poco después de llegar a Colombia, e insistió en que para que yo comprendiera el país tenía que leer La Vorágine, une novela sobre la época de los caucheros escrita por José Eustasio Rivera. Me la regaló y lo recuerdo leyéndola en voz alta al lado de un sietecueros en el patio de su casa, mientras se deslizaba la lluvia por el entejado rojo. Yo he sido cauchero, yo soy cauchero”, dice uno de sus personajes. ‘Viví entre fangosos rebalses, en la soledad de las montañas, con mi cuadrilla de hombres palúdicos, picando la corteza de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses…. ¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo mi mano contra los árboles puedo hacerlo ahora contra los hombres!” Antes de que muriera, salíamos a caminar por las calles y me señalaba los lugares donde su vida y sus ideas de habían forjado. Estaba presente en el momento mismo en que murió a Bogotá que Schultes había conocido.

Todo empezó en 1928, cuando el ejército colombiano masacró a varios centenares de huelguistas de las bananeras, con sus familias, en la costa norte. El presidente había acusado a los trabajadores de traición, y luego promovió a los oficiales responsables de la matanza y acusó a las víctimas de haber “traspasado el corazón amante de la patria”. Sólo una voz en el congreso se mostró en desacuerdo. Jorge Eliécer Gaitán, un joven legislador liberal, señaló que la United Fruit Company, que no pagaba impuestos y explotaba terrenos cedidos por el Estado, había reducido radicalmente los salarios de los trabajadores. Luego dijo algo obvio: que Colombia era un país donde los ricos se volvían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Se trataba de una idea sencilla, evidente para quien se detuviera a pensar en el asunto. Y así, al dar voz a la miseria de los pobres, Gaitán, hizo temblar los frágiles cimientos del viejo orden y en los años siguientes, a medida que su oratoria se inflamaba y crecía su fama, la estructura empezó a resquebrajarse. En los barrios del norte, las dueñas de casa empezaron a quejarse de la altanería de las sirvientas. Los hombres de negocios del centro tuvieron que soportar el desdén de los muchacho emboladores. Los mendigos escupían en las huellas de los curas. En torno a las mesas del café La Cigarra, un de los focos de intriga política, los parroquianos decían que los pobres lloraban por boca de Gaitán y que sus palabras podían silenciar el viento.

El 9 de abril de 1948, el Secretariado de Estado de los Estados Unidos, George Marshall, estaba en Bogotá para asistir a la IX Conferencia Panamericana. A la una de la tarde Gaitán, director del partido liberal y gran favorito para ganar las siguientes elecciones presidenciales, salió de su oficina para almorzar luego de hablar ante un grupo de estudiantes en otra parte de la ciudad. Un hombre que merodeaba frente al café Gato Negro sacó un revólver del bolsillo y le disparó tres veces, matándolo casi de inmediato. En cosa de minutos un torbellino de dolor y de ira desgarró a Bogotá. Los vendedores del mercado abandonaron sus puestos, los trabajadores de las fábricas se lanzaron a la calle, los barrios se desocuparon y los estudiantes huyeron de los salones de clase. En menos de una hora, miles habían inundado el corazón de la ciudad: hombres con banderas rojas y machetes, mujeres con niños y gasolina. Saquearon y destruyeron todo lo que pudieron. Los tranvías en llamas recorrían vacíos las avenidas, ardieron las iglesias y los monasterios, los machetes cortaron las mangueras para incendios y el cielo se tornó rojo con las llamas que consumieron el centro de la ciudad. La atmósfera se llenó de olor de piedras y metales quemados, de licores derramados, y al cabo del tiempo se contaron seis mil muertos. Bogotá ardió durante tres días.

En el momento más álgido del “Bogotazo”, una multitud invadió la Plaza de Bolívar y colgó el cadáver del asesino frente a la s puertas del palacio presidencial. El mandatario, Mariano Ospina Pérez, dijo que era preferible un presidente muerto que fugitivo, y su esposa hizo arreglos para que su familia fuera llevada a la embajada norteamericana. Tres tanques con banderas rojas y rodeados de estudiantes que gritaban vivas a Gaitán llegaron a la plaza. Histérico y pleno de esperanza, el pueblo creyó que el ejército se había puesto de parte del levantamiento. Los tanques avanzaron, llegaron frente al palacio y allí hicieron fuego con los cañones. En ese instante desapareció para siempre la tranquila capital provinciana donde los presidentes, de cubiliete y frac, se codeaban sin temor con el pueblo”.

Wade Davies, El río: exploraciones y descubrimientos en a selva amazónica, FCE, 2011.

Portafolio.

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Sady González, Fondo fotográfico del Archivo de Bogotá, 2017.

Libros ilustrados sobre “El Bogotazo”.

Los libros de fotografía son documentos históricos editados en la década de 1940-1950. Todos han salido de la biblioteca de la casa. Uno podría decir que los dos primeros libros hacen parte de lo que Gerry Badger y Martin Parr llamaron los “libros de protesta” en su antología sobre el libro de fotografía. Publicados en la década de los 70, los dos libros tienen una estructura narrativa muy precisa con un discurso político extremadamente fuerte y partidista. Basándose en el evento determinante de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, las fotografías son acá meras ilustraciones de un discurso en defensa o en denuncia de los sucesos del 9 de abril de 1948. Este es un principio que no sólo es propio a los ánimos de ese entonces. Jean Luc Godard decía que toda fotografía era política. En una de sus películas Notre Musique (Nuestra Música), hablando de la fotografía “oficial” o documental, Godard argumentaba lo siguiente: una imagen es sólo un punto de vista. Muy generalmente esa imagen histórica relata un punto de vista, el del bando victorioso, aquel que quiere contar la historia. Uno se pregunta al ver esos libros: ¿qué papel tuvieron los reporteros gráficos en la forma en la que relataron esos hechos? ¿de qué manera abordaron la muerte de Gaitán?

Es muy probable que en los archivos hayan quedado relatos muy personales sobre ese período que no todos los fotógrafos consiguieron publicar sin que los diarios de la época agregaran a la imagen un discurso y un propósito muy distintos a los del autor.

En muchos de los libros de propaganda de la época, la fotografía reunida se ha publicado como si se tratara de un archivo en construcción, un documento vivo de los episodios más polémicos de la historia. Pero en todos los casos esas imágenes relatan la ruptura de un pacto social que no se dio. A esta serie de libros históricos he querido agregar un último libro llamado Violentología, un reportaje visual impreso en las rotativas del diario El Espectador. El libro hace un repaso histórico a las diversas formas de violencia en Colombia. La cronología, los capítulos y las imágenes hechas por el foto-reportero S. Ferry hablan de una sociedad endémica, marcada por una violencia multiforme a través de la cual se despliega la guerra. Es el único libro que se atreve a integrar una mirada externa, de un fotógrafo que no hubiera nacido en Colombia y que probablemente nunca conoció el Bogotazo ni fue testigo de los orígenes históricos de esa violencia arraigada socialmente.

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Arturo Abella, Así fue el 9 de abril, Ed. Aquí Bogotá, 1973

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 El 9 de abril en fotos, El áncora editores, 1986

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Felipe González, Adriana Montoya & Rafael Navarro, Bogotá Zombie, se levantan los muertos del 9 de Abril, Laguna libros, 2013

Crónica # 1.

Cómo nació el motín en Bogotá el 9 de abril de 1948:

Había pasado toda la noche en el Capitolio Nacional, en las oficinas del departamento de documentos de la conferencia haciendo la recopilación de todo aquello que se debía entregar al día siguiente en las casillas de las delegaciones. En el curso de la mañana las sesiones transcurrieron dentro de la mayor normalidad y los debates en las comisiones presentaban ya aspectos de creciente interés. En muchas comisiones se entreveía ya un camino hacia la meta final, aunque eran aún delicadas ciertas soluciones.

Hacia la una de la tarde del viernes, 9 de abril, todo estaba en calma. Salía para encaminarme a mi casa. Las oficinas del departamento de documentos están situadas en el tercer piso. Para bajar a la plaza Bolívar hay un camino que pasa, necesariamente, por frente a la delegación de la Unión Panamericana. El autor de estas líneas iba acompañado de un fotógrafo de la prensa y al pasar por frente a la puerta de dicha delegación salían los doctores Lleras y Carlos Lozano, este último presidente de la delegación colombiana.

–¿Cómo van las labores? –le pregunté.

–Hay aún algo que discutir con los argentinos. Pero considero ya muy adelantada la obra.

Luego, el doctor Lozano siguió comentando las razones que tenía para afirmar lo dicho, y en tanto llegamos a las escaleras frontales del primer piso, frente a la plaza de Bolívar. Miré el reloj para confirmar la hora en que debía venir el carro. Habían pasado unos minutos después de la 1:30. Al mirar alrededor en busca del chofer, y mientras el doctor Carlos Lozano descendía las escaleras de piedra, vi a mi derecha toda la fachada del capitolio con la guardia de policía como de costumbre. Con esos cascos de lata, brillantes, que parecían platones de pensionado de estudiantes. Los guardias inmutables. Y luego, al mirar hacia atrás, por entre las columnas, veo acercarse a Abelardo Forero Benavides y más allá a Antonio García.

–Quijano, ¡que mataron a Gaitán!

Ese grito fue como un golpe seco sobre la frente.

–Sí: qué infamia. Que mataron a Gaitán, ¡lo asesinaron!, repite Forero Benavides. Y viéndome todo incrédulo y estupefacto, dice:

–Mire cómo corre la gente hacia San Francisco. Miré cómo corren todos…

Y esas palabras fueron como una orden imperiosa.

Desde ese momento en que salimos corriendo en dirección hacia el sitio de la tragedia, repitiendo las palabras increíbles: ¡mataron a Gaitán!, corrió también una descarga eléctrica por el sistema nervioso de todos los transeúntes. Los tranvías todavía no habían frenado. Lentamente se estancaba el tránsito. Preguntaban desde los estribos, por entre las ventanillas.

–¿Qué hay? ¿Qué pasa?

–¡Que asesinaron a Gaitán!

Y esa voz iba creciendo para convertirse de duda en certidumbre, de grito esporádico en ola de pavor. En coro, casi, retumbaba por la carrera séptima entre la plaza de Bolívar y San Francisco esa tremenda consigna que quedará en los anales patrios al principio de una era política nueva cortada de todo lo anterior por un episodio oscuro, sin nombre, que manchó por unos instantes la tradición patria. Aún nada se veía más que estupor, desconcierto, ira y sed de loca venganza contra un crimen infinitamente cobarde.

El ambiente en la carrera séptima solo puede explicarse en los primeros momentos por la historia que se había vivido en los meses y días anteriores, como reacción contra el gobierno conservador homogéneo. Un estado de ira colectiva se apoderó de las mentes. Los viajeros de los tranvías dejaban sus vehículos. Algunas mujeres se santiguaban como presintiendo una catástrofe.

La primera descarga de ira se produjo contra el asesino.

–¿Dónde está el asesino de Gaitán?

Y otra ola de voces pedía venganza y muerte para el vil asesino.

–¡Vive todavía el asesino!

Por entre la muchedumbre me abría paso. Detrás de mí seguía el fotógrafo, la máquina en alto. La gente, absorta, lloraba. Las caras mostraban en los más una tensión que debía buscar escape. Al fin llegué hasta el grupo que rodeaba al asesino yacente. Había dos oficiales de la policía y recuerdo a un agente, abriendo, con más público, un círculo alrededor del hombre tendido sobre el pavimento.

–¿Dónde está el doctor Gaitán?

–Lo acaban de llevar a la clínica central, contestaron muchos en coro.

–Maten al asesino, gritaban otros.

Y en ese momento yo estaba agachado encima de la cara del villano asesino; el hombre, casi exánime, movía los labios. Un joven se había sentado sobre las rodillas de Roa y se acercaba a la cara como para escuchar lo que alcanzara a balbucir.

–¡Déjenlo confesar! ¡Sí, déjenlo confesar!

Un grito siguió al otro, los oficiales de la policía hacían el máximo esfuerzo por contener a la masa enfurecida. No se pudo. Por unos segundos se creía que podría aplazarse el castigo, para escuchar, si posible, alguna palabra que identificara a los facedores del crimen. Pero nada. Nada. Era más fuerte el dolor que se veía en las caras de todos. Nuestros gritos fueron contagiándose:

–¡Muera el asesino!

Y apenas puede retirarme, cuando a pisotazos el hombre exánime ya, quedó sin vida.

–¡A palacio! ¡A palacio! ¡A que expliquen!

Y fue como si una nueva descarga eléctrica se apoderara de todos.

Debo confesar que quienes vivimos este primer momento de perplejidad estábamos paralizados por el pavor. No se pensó sino en llevar el cadáver o a ese hombre cuyo corazón posiblemente aún latía, a pesar de su estado de desfallecimiento, a las puertas de palacio. Se pensó quizá en ponerlo ante la presencia del mandatario, para pedirle desagravio por ese horroroso crimen que lesionaba hasta lo más profundo la sensibilidad de cualquier escándalo, ya fuera o no adicto o seguidor fiel de Jorge Eliécer Gaitán. Era un crimen monstruoso contra el jefe de las mayorías liberales de la democracia colombiana. Por eso, quienes estuvimos de testigos en ese primer instante de caos podemos afirmar que la primera reacción no solo tuvo ese temblor de humanidad sensibilizada, sino que cobijó, con igual e indescriptible emoción, a quienes posiblemente nunca antes se habían reunido en una manifestación gaitanista. Fue un clamor que, por un instante y con la más elevada sensibilidad, se levantó unido y puro para gritar contra la destrucción de toda base cívica y de todo fundamento de democracia: ¡el derecho al pensamiento!

En masa, fuimos hasta las puertas de palacio con el asesino en hombros. La gente que lo llevaba casi le quita todas las vestiduras. El uno tomó la chaqueta; el otro, la camisa; otro me pasó los pantalones. Todos buscábamos entre los bolsillos para localizar documentos. Entre los pantalones, de azulosa y burda tela nacional, encontré, en el bolsillo pequeño, junto al cinturón, unas monedas de a veinte y diez centavos. No las sacamos. Las devolvimos a su sitio. Alguien buscó una vara, surgían por encima de las cabezas.

El gentío llegó a palacio. Se pedía que salieran a explicar. Se oían ‘abajos’ al régimen y a figuras del gobierno conservador cuyos nombres ya se han acallado entre el rumor de los acontecimientos, y desaparecieron del horizonte político en el término de una hora.

Luego comenzó la pedrea. Los primeros vidrios, que sonaban como campanillas en duelo, fueron los faroles de la calle octava con la carrera séptima. Avanzaba la piedra y comenzó el desenfreno de dolor contenido. El asesino dejó de existir, casi en el mismo momento en que dejara de existir el jefe único del Partido Liberal de Colombia, doctor Jorge Eliécer Gaitán. Mientras este entregaba su espíritu rodeado de todos los hombres que, momentos después, debían salir a las calles a asumir la dirección del destino colectivo, aquel quedaba, yerto y semidesnudo, echado boca arriba ante las puertas cerradas de palacio y en medio de los vidrios que caían de las ventanas hechas añicos por la piedra.

Pasaron cerca de 30 minutos. Estábamos a unos 6 metros de las puertas de palacio. Entre el gentío se oían sollozos, mezclados con palabras de dolor iracundo.

–¿Y qué hacer ahora?

El desconcierto se apoderó de muchos, y se inició la desolación.

De esa desolación vimos surgir la acción a que impulsa el desespero.

En ese preciso momento, salió la guardia por el lado de San Agustín. Adelante venía el oficial, un teniente, con el sable en alto. Algunos corrieron. Los más iban retirándose paso a paso. El oficial se acercó con su tropa hasta empujarme para que siguiera. Sin resistencia, sin premeditación, el gentío retrocedía.

Sonó de pronto un disparo. Uno de los soldados disparó. En ese momento el gentío, en lugar de correr o retirarse, quedó como clavado en el piso.

Gritos:

–¡No! Así no… ¡No es con ustedes!

Y otros, luego:

–¡Viva el ejército de Colombia!

Y un coro unánime:

–¡Vivaaa!

El oficial, aun antes de escuchar la reacción de las voces, se había acercado, retrocediendo hasta donde estaba el soldado, y le dio órdenes que no escuchamos. Pero no sonó un disparo más. No pasó nada.

Como testigo presencial, puedo afirmar que no fue más lo que ocurrió en ese primer acercamiento a palacio. Así lo vieron los colegas de la prensa extranjera, asomados a las ventanas del hotel Astor, en diagonal al palacio y al Capitolio Nacional.

Ni el muerto fue descuartizado y echado al fuego de los tranvías, ni hubo muerto alguno causado por esa bala disparada frente a palacio, la primera en esa infinita serie de disparos que se han escuchado desde esa hora funesta en toda la República.

En esta primera reacción de dolor no hubo ni orden ni concierto subversivos. Se clamaba por un desagravio justo que, ¡pobre de Colombia!, jamás se podrá dar a quienes lo pedían.

Cuando el gentío retrocedió siguió para el Capitolio Nacional, por la carrera séptima, y en ese momento se lanzó la primera piedra contra esa reliquia nacional. Pasábamos todos por frente a la placa que conmemora el asesinato del gran jefe liberal de antaño que se llamó Rafael Uribe Uribe.

Jaime Quijano Caballero, Crónica, El tiempo,. 9 de abril de 2014

Crónica # 2.

Siendo apenas un universitario, Fidel Castro presenció los actos de barbarie del Bogotazo. Asistía al encuentro de universitarios paralelo a la IX Conferencia Panamericana (la misma que adoptó la carta de la OEA) y alcanzó a reunirse con el caudillo liberal dos días antes de que lo asesinaran. Quedaron de verse luego, pero la cita no se cumplió. En Bogotá conoció la revolución y hasta estuvo preso.

El líder cubano ha hecho varias alusiones a esa visita a Colombia, país del que dice haber quedado enamorado desde entonces. Uno de sus más recientes relatos al respecto, fue a la periodista Katiuska Blanco Castiñeira, quien en 2011 las publicó en “Fidel Castro Ruz, Guerrillero del tiempo”, una conversación autobiográfica publicada en 2012. A continuación, El Espectador reproduce los apartes del libro sobre las alusiones al Bogotazo:

Katiuska Blanco.
—Comandante, el 3 de abril de 1948 usted se encontraba en Bogotá. Aquel día escribió a don Ángel una carta en papel timbrado del hotel Claridge, donde le contaba todo lo vivido hasta entonces en su viaje por varios países. Tengo la impresión de que la redactó en cuanto llegó a la ciudad; fue

la primera vez que hizo un alto para enviar noticias a su casa. El encabezamiento de la carta nos aproxima mucho a usted «Querido papá…», apunta. La breve frase devela un mundo de íntima calidez familiar, respeto y cariño.

De su presencia en Santa Fe de Bogotá existe también registro gráfico, una imagen captada precisamente el 9 de abril, día de El Bogotazo. Se le ve a usted en primer plano y al fondo una calle de postes derrumbados, farolas inclinadas, vidrieras rotas y escombros en lugar de asfalto, como si hubiera sido destruida por un terremoto o cataclismo.

Fidel Castro.
—Mi estancia en Colombia coincidió con la IX Conferencia Panamericana que tuvo lugar en Bogotá, donde se adoptó la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA). La idea era aprovechar esta coyuntura para realizar el Congreso Latinoamericano de Estudiantes y, desde una posición antiimperialista, reclamar la devolución del Canal de Panamá, la devolución de las islas Malvinas, la independencia de Puerto Rico y protestar contra la dictadura de Trujillo, en Dominicana.

Cuando llegué, les expliqué a los estudiantes los objetivos del congreso, su programa. Mi lucha empezó bien temprano, desde que Estados Unidos convocaba a los gobiernos de la región, yo organizaba un congreso de estudiantes latinoamericanos contra las dictaduras. Allí estaba la de Trujillo, allí estaban reunidos todos los dictadores.

Nuestra labor persuasiva tuvo éxito, los estudiantes comprendieron, creyeron en lo que hacíamos. Yo fui con Rafael del Pino [Siero], él era amigo de la familia y conocía a mi hermana Lidia. Creo que había pertenecido al ejército norteamericano, y una tía suya estaba relacionada con un dirigente sindical. Fue por la Universidad y se me acercó, parece que simpatizaba conmigo. Daba la impresión de ser un muchacho bueno, tranquilo. Se brindó para acompañarme, y como tenía cierta preparación militar le dije: «Bueno, está bien, vamos». No íbamos a una guerra pero, por lo menos, era un individuo que yo consideraba que podía ser útil, era valiente, por eso fue conmigo, de lo contrario, yo hubiera ido solo, completamente solo. Resultó una especie de ayudante mío.

Colombia vivía una gran efervescencia, había un movimiento popular muy fuerte, el movimiento de los liberales, dirigido por Jorge Eliécer Gaitán, líder popular parecido a Chibás, pero yo diría que con más contenido en su prédica. Los estudiantes colombianos mostraron su acuerdo con el congreso y se entusiasmaron. La idea avanzaba rápidamente, ya existía un comité organizador que recibía estudiantes panameños, venezolanos, dominicanos, argentinos.

El congreso estaba prácticamente estructurado, y yo continuaba trabajando en su organización. Casi me convertí en el centro del evento, lo que provocó celos en los dirigentes oficiales de la Universidad de La Habana, al punto de que [Enrique] Ovares y Alfredo Guevara se aparecieron en Bogotá como representantes oficiales de los cubanos. Crearon una situación relativamente incierta, plantearon que ellos eran los representantes de la FEU, y que yo no lo era.

Cuando ya se ultimaban los detalles para el congreso, se realizó una reunión un poco tensa donde se cuestionaron mis derechos, mis títulos como organizador del evento. Participaron 20 o 30 personas. Alfredo y Ovares estaban presentes. Yo me paré y pronuncié un discurso breve, seco. Expliqué lo que hacíamos, el contenido de aquellas luchas, su importancia y la del momento histórico que vivíamos. Dije que eso era lo que a mí me interesaba, no los cargos ni los honores ni la representatividad; que si los allí presentes pensaban que no podía continuar los trabajos, entonces les pedía que siguieran adelante con la tarea, que yo no tenía ninguna ambición personal.

Estaba realmente muy sentido con aquello, y parece que les hablé con vehemencia, de una manera tan clara y contundente que logré persuadirlos. Dije quién era, cómo era y por qué no podía ser dirigente oficial siendo estudiante universitario. Los presentes aplaudieron muchísimo, y a pesar de que mis títulos fueron impugnados, los estudiantes latinoamericanos acordaron que yo siguiera presidiendo el comité organizador.

 Katiuska Blanco.
—Después se efectuó su encuentro con Jorge Eliécer Gaitán, posiblemente el 7 de abril de 1948.

Fidel Castro.
—Así mismo fue. Los estudiantes colombianos me pusieron en contacto con Jorge Eliécer Gaitán. Aquel día me llevaron a verlo y conversé con él. Encontré a una persona de mediana estatura, aindiado, inteligente, listo, amistoso. ¡Con qué amistad nos trató! ¡Con qué afecto! Nos entregó algunos de sus discursos junto a otros materiales, se interesó por el congreso y nos prometió clausurarlo en un acto multitudinario en el estadio de Cundinamarca. Era su propuesta. Habíamos conseguido el apoyo del líder más popular, un dirigente con gran simpatía, con gran carisma. Era un éxito colosal hasta entonces. Recuerdo que él me entregó sus discursos, entre ellos uno muy bello, la «Oración por la paz», pronunciado en febrero de aquel año, al cierre de una marcha donde participaron 100 000 personas que desfilaron en silencio para protestar contra los crímenes.

 Yo estaba acostumbrado a las protestas en Cuba cuando mataban a un estudiante, a un campesino. En otros países sucedía también así. En Venezuela, por ejemplo, hubo una gran protesta por crímenes que se cometieron; en Panamá por el estudiante inválido… Y cuando llegué a Colombia, me pareció raro que los periódicos publicaran noticias sobre 30 muertos en tal punto, 40 muertos en tal otro. Había una matanza diaria en Colombia.

 Katiuska Blanco.
—Comandante, en la presentación de su libro La paz en Colombia, publicado en noviembre de 2008, al hablar de su encuentro con Gaitán y de aquel discurso que el líder liberal puso en sus manos, expresé que aquella pieza oratoria era como un legado del político colombiano a usted y a la Revolución Cubana, una herencia a la que han sido fieles en silencio y con seriedad rigurosa. Impresiona conocer cómo la violencia actual en esta hermana nación sudamericana tiene raíces tan remotas, incluso, anteriores a la fecha del estallido en abril de 1948.

Al periodista colombiano Arturo Alape, a quien usted concedió en 1983 una entrevista para el libro que entonces preparaba y que luego fue El Bogotazo, usted le confesó su perplejidad al leer las noticias de las matanzas de campesinos que tenían lugar casi todos los días y salían publicadas en los cintillos de los diarios de abril de 1948, cuando usted arribó a la capital de Colombia. Al abordar dichos acontecimientos usted consideró que prácticamente existía una guerra civil en ese país.

Fidel Castro.
—Me quedé asombrado de cómo una sociedad podía resistir tal masacre. En aquel momento el Partido Liberal estaba en la oposición y el Partido Conservador en el poder. Muchos de los crímenes eran cometidos por el Partido Conservador. Existía un clima de tremenda tensión. Gaitán convertido en líder era el seguro presidente de las próximas elecciones. Había unido a todos los liberales, era un hombre bien preparado, muy talentoso, era el gran líder del pueblo colombiano, democrático y progresista. Así era el hombre que conocí. Nos recibió muy bien y nos dio una cita, creo que dos días después, para acordar los detalles de la clausura del congreso.

Fue un éxito rotundo. Teníamos el apoyo del partido más popular y de Gaitán, un hombre de ideas brillantes, que se daba cuenta de la importancia del congreso estudiantil frente a la IX Conferencia Panamericana, convocada por Estados Unidos, donde se reunieron los dictadores y se tomaron acuerdos reaccionarios.

Por aquellos días fui arrestado porque en medio de la preparación de nuestro evento —imprudencia nuestra— se nos ocurrió repartir unas proclamas en las que poníamos todas las causas de nuestra lucha: República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, las Malvinas, contra las colonias y los dictadores. Era casi una proclama bolivariana lo que preparamos. Ni me acuerdo cómo las imprimimos, el caso es que con nuestros métodos de estudiantes agitadores, lanzamos el manifiesto desde el último piso del teatro Colón, donde tenía lugar un acto solemne en honor de todos los cancilleres, con la presencia del presidente de la República, la oligarquía, la burguesía, gente a la que no le interesaba, en lo absoluto, la soberanía de Puerto Rico ni la democracia en República Dominicana. Tiramos las proclamas creyendo que era lo que teníamos que hacer, sin darnos cuenta de que se trataba de una tontería. Volvimos para el hotel, y poco tiempo después nos detuvieron, la policía nos venía siguiendo, a Del Pino y a mí. Nos llevaron a una callejuela con pocas luces, unas instalaciones policíacas denominadas las Oficinas de Detectivismo.

Debe de haber sido algo así como un cuerpo represivo de vigilancia para descubrir actividades comunistas. Nos interrogaron y les expliqué lo del congreso, ellos creyeron que éramos comunistas, pero parece que le caí simpático al oficial, le agradó de alguna manera conocer nuestra causa, y después que me escuchó nos dejó en libertad. Registraron nuestra habitación en el hotel, no encontraron armas ni dinamita, todo lo que había era un programa. Parece que también tuvieron en cuenta que éramos estudiantes y nos soltaron, aunque luego supimos que nos estuvieron chequeando.

Parábamos en un hotelito acogedor, pero pequeño, muy barato, porque nosotros no teníamos dinero, el congreso estaba casi organizado, a mí no me quedaban ni cinco dólares, no sabíamos qué hacer, cómo íbamos a pagar ni cómo íbamos a regresar.

Es la verdad. El 9 de abril almorzamos en el hotel y, cuando estábamos haciendo tiempo para reunirnos con Gaitán, vimos una agitación, gente corriendo por las calles, nos acercamos y escuchamos a la gente que gritaba: «Mataron a Gaitán, mataron a Gaitán, mataron a Gaitán». Así empezó todo. Corrían por aquí, corrían por allá, y nosotros seguíamos acercándonos al centro; no estábamos muy lejos, estaríamos a cinco o siete minutos de la oficina de Gaitán. Allí las calles que atravesaban, se llamaban carreras, y las que las cruzaban transversalmente, calles, entonces una dirección era: carrera tal, entre calles tal y tal, o calle tal, entre carreras tal y tal. Eran cosas nuevas para mí. También me llamaron la atención las direcciones en Venezuela, no eran por calles, sino por esquinas: esquina número tal entre esquina tal y tal. Todas esas particularidades de cada país resultaban raras a quien recorría por primera vez América Latina. Yo nunca había salido de Cuba, hasta llegué a creer que en los demás países de América pasaba lo mismo que en Cuba, pero aunque no era exactamente así, existían algunas semejanzas:el estudiantado, el fervor, el sentimiento.

Lo vi todo, la gran agitación, no habían pasado ni cinco minutos y ya la gente estaba tirando piedras, irrumpiendo en las oficinas. Es decir, no habían pasado ni diez minutos de que las noticias comenzaran a circular y la gente empezó a reunirse como un remolino, como un ciclón; primero ocuparon una oficina y lo rompieron todo. Yo llegué a un parque y vi a un individuo dando palos, golpes, tratando de romper una máquina de escribir, y lo vi tan angustiado y pasando tanto trabajo para romperla, que le dije: «Espérate, no te desesperes, dame acá», y agarré la máquina y la tiré hacia arriba, fue lo que se me ocurrió para ayudar a aquel hombre.

Recuerdo que salí de allí con un «hierro pequeño» que fue la primera arma que yo agarré para tener algo en la mano. Bogotá, ¡otra gran aventura en mi vida! ¡Nadie se puede imaginar las grandes aventuras que viví en tan poco tiempo!, pero todas aquellas experiencias me enseñaron, las luchas de grupo, lo de Cayo Confites, El Bogotazo. Fui ganando terreno en la parte táctica, estratégica. Ahora, tenía muy claro que aquello no era una revolución, no lo consideré siquiera cuando se trataba de ajusticiar a un esbirro de la época de Machado o de Batista, o cuando se tomaban venganzas de tal tipo, nunca me pasó por la mente, al punto de que hubo gente que me quiso matar, que después fueron ministros del Gobierno Revolucionario.

Creo que nunca en mi vida me dejé llevar por revanchas, ¡me parece tan absurdo! Pero ¿cómo un político se va a dejar llevar por tales cosas? Cuando nosotros hemos capturado a alguien no lo hemos hecho por venganza, ha sido como una defensa, un ejemplo para que tales crímenes no se cometan.

Y cuando triunfó la Revolución, cuando sancionamos a muchos criminales de guerra, no lo hicimos con espíritu de revancha o de venganza porque equivale a pensar que los hombres son culpables, como si el hombre estuviera ajeno a la época, a la historia, a la sociedad, a la educación que recibió. Muchas veces a un criminal de guerra ha habido que castigarlo.

En otra época, en otra sociedad, dicho hombre no hubiera sido un criminal porque el medio, la sociedad hace al hombre. No son los hombres los que hacen la sociedad, es la sociedad la que hace a los hombres. Si se va a aplicar un castigo y existe una filosofía de la gran dependencia del hombre en relación con el medio donde vive, no tiene sentido la venganza. Es absurdo creer que los hombres son absolutamente imputables.

El Bogotazo según Fidel Castro, El Espectador, Bogotá, 8 Abril 2014

Discurso: Caudillos y muchedumbres.

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Jorge Eliécer Gaitán, Caudillos y muchedumbres Vol. 1., Discos Fuentes, 1975

Portafolio gráfico.

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Guillermo González & Margarita Carrillo, Historia de la foto, Revista El Malpensante, 2015

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Col., Las 25 imágenes que usted debe ver sobre el Bogotazo, Archivo El Tiempo, Abril 1948.

Crónica Póstuma.

Los cafés que murieron el 9 de abril:

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En la crónica del siglo pasado y anteriores es poco lo que se habla y menos lo que se destaca acerca de la vida de los cafés bogotanos y más bien se habla de las tertulias aristocráticas y hogareñas donde se discutían y comentaban los sucesos de la época. Casi podría decirse que la corta tradición del clásico café bogotano correspondía a la primera mitad de nuestro siglo. El ambiente político y el estado casi permanente de guerra civil impedía la reunión pública, la tertulia de café, que por ancestro y costumbre, tenía como temas de conversación y de discusión la política local y la literatura social europea, que no podían comentarse abiertamente porque cada gobierno de turno las prescribía del debate, en guarda del orden público, fácilmente alterable por la acerbidad de los interlocutores. En la agonía de la última guerra civil, en la alborada del siglo veinte, nace a la vida el café bogotano, tal como lo conocimos y recordamos. El cachaco bogotano reemplazó al filipichín santafereño y la “Gruta Simbólica” fue el puente de transición entre la tertulia clandestina y el café de tertulia. Pero el café bogotano no alcanzó la altura intelectual ni el ambiente de las tertulias del Café de Levante, de Pombo y de Fornos, matricenses.

Sin embargo, los bogotanos de principios de siglo buscaron la reunión diaria en los cafés de la época, de los cuales se considera hito “Las Botellas de Oro”, que existió en el atrio de la Catedral, hacia la esquina de la calle diez, donde hoy se levanta el Palacio Cardenalicio en la Plaza Bolívar. Allí concurrían los bogotanos parlanchines, los hacendados sabaneros, los políticos beligerantes, a escanciar sus vinos aperitivos, a degustar los coñacs de la época y a “arreglar el país”, como continúa haciéndose en los escasos cafés actuales. Bogotá principiaba en Las Cruces y terminaba en San Diego. Así mismo, los cafés de comienzos de siglo existían entre la calle segunda, donde estaba situada “La Rueda de Ferris” y la calle 26, en la esquina suroriental de la carrera séptima, al lado del Parque de la Independencia, donde quedaba “La Bodega de San Diego”, café, tertulia, restaurante, donde se dieron cita los conjurados del 10 de febrero de 1909 que intentaron el asesinato del presidente, general Rafael Reyes. La carrera séptima, principalmente en la tradicional Calle Real, entre las calles once y quince, fue la sede de los cafés bogotanos que hoy se recuerdan como tradición y ambiente, político, intelectual y bohemio. Los hubo también que actuaban como centro de estudiantes de provincia, que acudían a ellos a calmar el frío con un pocillo de tinto caliente que acompañaba la lectura de textos y ejercicios de tareas. El Café Windsor fue célebre y popular hasta la década de los “treinta”. Estuvo situado en la esquina de la calle 13, con la carrera séptima, en los bajos del Hotel Franklin, donde murió el General Benjamín Herrera. Allí se reunían principalmente los políticos y al mediodía hasta había música para amenizar la tertulia, piano y violín, generalmente, que ejecutaban temas populares del momento. En la calle catorce, pocos pasos arriba de la misma carrera séptima, el Café Riviere concentraba a las horas del mediodía una concurrida tertulia de comerciantes, políticos e intelectuales, a saborear sus deliciosas empanadas humedecidas con sifón y cerveza y a tomar los aperitivos vespertinos, brandy, porque el whisky todavía no había “colonizado a Bogotá”, y algunos a matar el frío con puros anisados de fabricación ya nacional. Los cafés bogotanos, por coincidencia, fueron concentrándose en las cercanías del Puente de San Francisco. El centro vital de Bogotá moraba entre la Plaza de Bolívar y el río San Francisco que canalizado y cubierto, se convirtió en la actual Avenida Jiménez de Quesada, La “zona cafetera” se abrió desde los “veinte” hasta el 9 de abril de 1948, en la cuadra de la carrera séptima, entre calles 14 y 15. Allí nacieron, crecieron, vivieron y murieron el Café Inglés, célebre tertulia política e intelectual por muchos años. El Colombia, el Molino y el Gato Negro. Reunión de escritores, políticos, intelectuales y bohemios, conocidos entre sí pero respetuosos también entre sí, sin mezclarse en sus tertulias, en un Bogotá que defendía su ambiente colonial, santafereño y señorial e intelectual, de la embestida arrolladora de la metrópoli. Mas allá del Parque Santander, que por entonces sí era parque, hacia el norte, sobre el Camellón de las Nieves, solamente se atrevieron a existir tres o cuatro cafés de tradición y nostalgia. La Gran Vía, a mitad de la cuadra entre las calles 17 y 18, en el costado oriental, que vio discurrir la cultura y la bohemia en clásica tertulia a la cual concurrían, entre muchos, el maestro León de Greiff, Eduardo Castillo, César Uribe Piedrahíta, los Zalameas, Felipe Lleras, Emilio Murillo, Federico Rivas Aldana —“Fray Lejón—”, el “chato” Murillo, su propietario y admirador, y donde se despidió de la vida, rubricando su adiós con un disparo, Ricardo Rendón.

Camino de San Diego, en la esquina occidental de la calle 22 existió desde principios del siglo “el Boulevard”, café restaurante que también tuvo su tertulia característica por muchos años y en el mismo sector, recordado con nostalgia y más cercano en el tiempo, el célebre “Martignon” centro de escritores y periodistas de los “treinta”. El café de la Paz quedaba en la calle doce, unos pasos al oriente de la Calle Real. Punto de reunión de empresarios y políticos fue por mucho tiempo tertulia amable, que contrastaba con los cafés Roma y Niza, más frecuentados por los estudiantes provincianos de la época, ambos sobre la carrera séptima entre las calles 11 y 14, a donde llegaban a “bogotanizarse” gentes emprendedoras del occidente, principalmente de Antioquia y Caldas. El Café de la Paz, después del 9 de abril se trasladó a la calle 19 con la carrera séptima, al lado de la librería que tenían Eduardo Caballero Calderón y el “doctor Merulitas”, de gratísima evocación. El 10 de mayo de 1957, desde el balcón del Café de la Paz, Juan Lozano y Lozano saludó esa mañana el renacimiento de las instituciones democráticas. Pocos meses después el Café de la Paz murió y fue enterrado por la Avenida Ciudad de Lima.

El Café Asturias fue sin duda la última tertulia de los escritores poetas y literatos que marcó una etapa intelectual inolvidable, que hacía puente con “La Cigarra”, tertulia sin café, cigarrería animada por Santiago Páez y punto de reunión de políticos, ex presidentes, ministros, congresistas, en la esquina de la calle 14 con la carrera séptima, con su costado suroccidental donde hoy existe un conocido almacén de departamentos. El Asturias, pocos pasos arriba de la carrera séptima, más al oriente de la que fuera casa de El Tiempo, vio descubrir al “todo Bogotá” intelectual de la década de los “cuarenta”. Allí se conoció la nueva generación que alternaba con la anterior a la cual pertenecen valores tan consagrados como Alberto Angel Montoya, José Umaña Bernal, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Néstor Duque, Paulo E. Forero, Eduardo y Jorge Zalamea, Ignacio Gómez Jaramillo, León de Greiff, Fray Lejón, Luis Vidales, Jaime Ibáñez, Álvaro Mutis, Guillermo Camacho Montoya, Víctor Aragón, Jorge Gaitán Durán, Juan Roca Lemus “Rubayata”, Alejandro Vallejo y una veintena más de nombres gratos e inolvidables. El 9 de abril de 1948, que cambió tantas cosas en la historia, sepultó también la etapa romántica y nostálgica de medio siglo de los cafés bogotanos tradicionales, con sus amables y cultas tertulias, trascendentales e intrascendentes, intelectuales y bohemias. Con el “Café Asturias” murió medio siglo del clásico café bogotano que se añora como perdido y ya jamás recuperable. Porque la transición de la época, la deshumanización de la metrópoli, el desplazamiento ciudadano hacia grandes distancias, la inadaptación, la violencia, la incomunicación, frutos de la civilización y de cambio social, hacen imposible el renacer del café y de sus tertulias, con su concepto prístino.

Hernando Tellez, Los cafés que murieron el 9 de abril, Lecturas Dominicales, El Tiempo, 1976

Bibliografía.

Archivos.
Daniel Rodríguez, La primera chispa del Bogotazo 1948., Banco de la República, 2017
Fondo Fotográfico Sady González, Fototeca Bogotá: Archivo de Bogotá, 2017

Libros ilustrados y de fotografía.
Carlos Delgado, El 9 de Abril en fotos, El áncora editores, 1986
Col., Manuel H: Setenta años de reportería gráfica en Bogotá, Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, 2007
Stephen Ferry, Violentología: manual del conflicto en Colombia, Icono Ediciones, 2012

Literatura.
Guillermo Cardona, El Jardín de las Delicias, Seix Barral , 2005
Juan Gabriel Vásquez, La Forma de las Ruinas, Alfaguara, 2016
Miguel Torres, El crimen del siglo, Seix Barral, 2006
Miguel Torres, El incendio de abril, Alfaguara, 2012
Miguel Torres, La invención del pasado, Tusquets, 2016

Ensayo.

Arturo Alape, El Bogotazo Memorias del olvido. Abril de 1948, Planeta, 1994
Estefanía Avella Bermúdez & Camilo Rozo, Carlos Caicedo: el fotógrafo del instante, Cerosetenta, 2015
Col., El saqueo de una ilusión 50 años después, Numero Ediciones, 1998
Victor Diusaba Rojas, 9 de Abril: La voz del pueblo, Editorial Planeta, 1998
Manuel H. Decálogo del reportero gráfico, Nota editorial para el Círculo Colombiano de Reporteros Gráficos. Abril de 1978, Colarte, 2017
María Isabel Zapata, Las fotografías de prensa sobre el 9 de Abril de 1948 : entre el recuerdo y el olvido, Pontificia Universidad Javeriana, 2006
Angela María Rodríguez Marroquín, El foto reportaje y el bogotazo: imagen y memoria de un pueblo, Revista Historia 2.0, 2012

Revistas.
Lidia Marcela Pedraza Q., Los que aún rememoran el 9 de abril, Revista Arcadia, 2016
Andrés Arias. Nena y nada más, Revista Número, n° 53, junio-agosto de 2007.
Christopher Burke, Sady González: El fotógrafo del Bogotazo, Dao Magazine, 2014
Sady González, Memorias de Bogotá, Revista Número, n° 1. julio-septiembre de 1993
Guillermo González & Margarita Carrillo, Historia de la foto, El Malpensante, 2015

Exposición & Video.
Col., Sady Gonzáles: El fotógrafo del Bogotazo, Biblioteca Luis Ángel Arango, Exposición del 4.04.2014 al 15.01.2015
Col., Unrest Bogotá, Stock Video # 194-817-817, FP, 16 mm, 03:01′, 2017

Radio & Archivo Sonoro.
Jorge Eliecer Gaitán, Discurso del 21 de Junio de 1946, Caudillos y Muchedumbres, Vol.1, Discos Fuentes.
Jorge Eliécer Gaitán, Yo no soy un hombre, soy un pueblo, Archivo Sonoro, 1947
Col. Foto Sady. Recuerdos de la realidad: Señal Memoria, Fonoteca de Señal Colombia, Sistema de Medios Públicos, 2017
Ricardo Restrepo Hernández, Cesó la Horrible Noche, Señal Colombia & Pathos Audiovisual, 2014.
Mauricio Acosta, El Bogotazo, la historia de una ilusión, The History Channel, Canal Caracol & Mazdoc Documentaries, 2008.
María Valencia Gaitán, Gaitán sí, 87′, 1998 y 9 de abril de 1948, 2002

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