¿Quién es dueño del agua? Esta es la pregunta, sencilla y urgente, que atraviesa Marca de Agua, el libro de Stella Meyer y Sarah Schneider, publicado por Fluq Ediciones en 2026. A través de una investigación visual desarrollada en torno al lago Chelenko, en la región de Aysén, en la Patagonia chilena, las autoras exploran la relación entre territorio, agua y comunidad, y las profundas transformaciones que produce la privatización de este recurso esencial. Puerto Guadal se encuentra a orillas del lago Chelenko, en un territorio donde el agua está presente en todas partes: en el paisaje, en el clima, en las actividades productivas y en la vida cotidiana. El lago forma parte de uno de los sistemas de agua dulce más importantes de la Patagonia y se alimenta de glaciares, ríos y lluvias provenientes de los Campos de Hielo Norte y Sur. Durante generaciones, las comunidades han construido su vida alrededor del agua. El territorio, sus recorridos, sus nombres y sus formas de habitarlo están profundamente ligados a ella.
Sin embargo, en Chile el agua dejó de ser entendida únicamente como un bien común. Desde la década de 1980, y particularmente a partir del Código de Aguas promulgado en 1981 durante la dictadura de Augusto Pinochet, los derechos de aprovechamiento de aguas pueden ser asignados, transferidos y comercializados. Este modelo dio lugar a un mercado del agua que también se extiende por la región de Aysén, uno de los territorios con mayor disponibilidad de agua dulce del país. Esta dimensión de la privatización puede permanecer invisible en la vida cotidiana hasta que sus efectos se hacen visibles sobre el territorio.
Marca de Agua parte precisamente de esa tensión: ¿cómo puede algo tan fundamental para la vida convertirse al mismo tiempo en un recurso susceptible de ser comprado, vendido y acumulado? En esta entrevista, Laura Carbonell, de Punto de Fuga Bogotá, conversa con Stella Meyer y Sarah Schneider sobre el proceso de gestación de Marca de Agua, las decisiones que dieron forma al libro y el trabajo documental realizado en torno al territorio y sus comunidades.Entrevista:
Laura Carbonell (L.C.): El proyecto nace en torno al lago Chelenko, un territorio donde el agua está profundamente vinculada a la vida cotidiana y a las formas de habitar de las comunidades. ¿Cómo llegaron a este lugar? ¿Qué conexiones vitales descubrieron en torno al agua? ¿En qué momento esa relación cotidiana con el agua se convirtió en la pregunta central de Marca de Agua?
Sarah Schneider (S.S.): Todo comenzó con un viaje a Chile para visitar a la familia de Stella en Santiago. Aprovechamos ese viaje para conocer también otras partes del país y, cuando llegamos al sur, a la Patagonia, nos impresionó muchísimo la presencia del agua. Está realmente en todas partes: miras hacia un lado y hay una cascada, una laguna, un río, un arroyo o un lago. Y lo que más nos llamó la atención fue esa sensación de libertad, de ver el agua fluyendo por todas partes.
Pero al mismo tiempo empezamos a encontrarnos con grafitis que decían “Aguas Libres”. Y eso nos generó cierta confusión: ¿por qué pedir agua libre en un lugar donde, aparentemente, el agua fluye con tanta libertad? Ese contraste fue el punto de partida. Empezamos a investigar qué significaba realmente esa frase y descubrimos poco a poco la realidad de los derechos de agua en Chile. Ahí surgió la pregunta que terminó convirtiéndose en el centro de Marca de Agua: si el agua no es libre, entonces, ¿a quién pertenece?
L.C.: En el libro abordan una problemática compleja y, en buena medida, invisible: la privatización y comercialización de los derechos de agua en Chile. ¿Cómo fue el proceso de investigación y documentación que les permitió hacer visible esta realidad sin perder de vista las historias, las voces y las experiencias de las personas que habitan el territorio?
Stella Meyer (S.M.): Al principio, nuestro acercamiento fue muy humano. Hablamos con personas de la región sobre su relación con el agua y la privatización, hicimos retratos y documentamos la vida cotidiana. Uno de nuestros primeros puntos de partida fue el caso de Los Maquis, aquí en Puerto Guadal, donde el conflicto por el agua había movilizado a la comunidad. Pero pronto entendimos que era más bien una excepción: gran parte de la privatización no se ve, sino que existe de forma abstracta en leyes, registros y derechos de aprovechamiento.
A partir de ahí profundizamos en la investigación y hablamos con hidrólogos, académicos, activistas y otras personas vinculadas al tema. También fue fundamental el trabajo con el periodista Patricio Segura, quien después escribió el texto del libro. El proyecto terminó construyéndose en ese cruce entre las estructuras que regulan el agua y las experiencias de las personas que viven con ella todos los días.
L.C.: En Marca de Agua el paisaje, el archivo, los documentos y las huellas de las actividades humanas parecen dialogar para construir una mirada sobre el territorio. ¿Cómo trabajaron las decisiones fotográficas y editoriales para traducir un fenómeno político y económico —como la propiedad del agua— en una experiencia visual y sensible para quien recorre el libro?
S.S.: Para entender quiénes eran los dueños del agua, investigamos el registro público de la Dirección General de Aguas (DGA). Nos centramos en los diez mayores titulares de derechos de agua que encontramos, todas empresas, y a partir de las coordenadas registradas viajamos a esos lugares. Ahí apareció una contradicción que se volvió central para nuestro trabajo: frente a nosotras había ríos, lagos y paisajes aparentemente intactos. El agua era visible, pero no las relaciones de propiedad vinculadas a ella.
Por eso elegimos conscientemente trabajar con la cianotipia. Por un lado, el agua tiene un papel fundamental en el propio proceso fotográfico. Por otro, nos interesaba la idea de la “marca de agua” como una señal que remite a la propiedad o la autoría. Unimos ambas ideas: las intervenciones en cianotipia añaden una segunda capa a las fotografías y señalan las estructuras legales de propiedad que permanecen invisibles en el paisaje.
Estas marcas aparecen no solo sobre los paisajes, sino también sobre algunos actores vinculados a las estructuras políticas, legales y económicas de los derechos de agua. De esta misma idea surgió finalmente el título, Marca de Agua.
L.C.: El agua es un elemento difícil de representar: está en constante movimiento, atraviesa el paisaje y, al mismo tiempo, puede convertirse en una cifra, un derecho o una mercancía. ¿Cómo influyó esta condición del agua en la construcción visual y narrativa de Marca de Agua?
S.M.: Antes de empezar a fotografiar hicimos una lista de todo lo que asociábamos con el agua: palabras, emociones, propiedades y sensaciones. Eso nos sirvió como punto de partida para buscar imágenes que no mostraran solamente el agua de forma literal, sino que tradujeran algunas de esas ideas de manera más simbólica.
También nos interesaba mostrarla en distintas escalas: desde el agua en el paisaje y las huellas de la intervención humana hasta situaciones muy cotidianas, como una vasija de vidrio con agua y afirmaciones escritas sobre el alféizar de una ventana.
Así, el agua estuvo constantemente presente durante el proceso, pero no necesariamente como protagonista directa de cada imagen. Muchas veces funcionaba más bien como una referencia desde la cual observar y fotografiar otras cosas.
L.C.: ¿Qué posibilidades encontraron en el formato del fotolibro para abordar una problemática que no siempre es visible a primera vista, como la propiedad y comercialización del agua? ¿Hubo decisiones específicas de edición, secuencia, materiales o diseño que fueran fundamentales para construir esa lectura?
S.S.: Elegimos el formato del fotolibro porque entendemos el arte como una forma de transmitir información. Frente a un tema tan abstracto como los derechos de agua, queríamos ofrecer un acceso más cercano y visual, combinando fotografías y experiencias personales con textos y datos concretos.
Esta idea de accesibilidad también influyó en el diseño. Optamos conscientemente por una tapa blanda en lugar de una tapa dura, para que el libro no se percibiera como un objeto demasiado precioso, sino que invitara a tomarlo, hojearlo y utilizarlo.
Otro elemento es el mapa hidrológico de Aysén, donde aparecen las coordenadas de los derechos de agua que investigamos. La información correspondiente, como las empresas titulares y los caudales registrados, se encuentra en otra parte del libro. Así, el lector puede ir y venir entre el mapa y los textos, relacionando los datos por su cuenta. El agua también está presente en algunos detalles materiales, como los distintos tonos de azul y el hilo azul utilizado en la encuadernación.
L.C.: En el libro parece existir una tensión entre el agua como elemento común y vital, y el agua entendida como propiedad y recurso económico. ¿Cómo quisieron trasladar esa tensión al lector y qué preguntas esperan que permanezcan abiertas después de recorrer el libro?
S.M.: Por un lado, mostramos la vida cotidiana de las personas de Puerto Guadal y de la región de Aysén, su relación personal con el agua y la importancia que tiene en sus vidas. A estas imágenes contraponemos fotografías de paisajes intervenidas con cianotipia, con las que buscamos visibilizar las estructuras de propiedad que permanecen invisibles en el territorio. Otro contraste aparece en una revista insertada en el libro, que reúne anuncios publicitarios de las empresas que investigamos y muestra cómo comercializan el agua. Con nuestro libro queremos contribuir al debate sobre el agua que ya existe en Aysén. Más que ofrecer respuestas definitivas, nos interesa mostrar distintas perspectivas y aportar a que esta discusión siga viva en el espacio público.
L.C.: Al recibir un proyecto en estado avanzado de maquetación me pregunto qué papel tuvo el editor. ¿Cómo se dio el diálogo con Fluq Ediciones? ¿Qué aporte hicieron ellos al proyecto? ¿Y por qué quisieron editar este libro en Chile?
S.S.: Cuando ya teníamos una primera maqueta del libro, comenzamos a buscar una editorial independiente en Chile y así llegamos a FLUQ, una pequeña editorial formada por Erwin Velasco y Hugo Ángel. Junto con la editorial y CODESA (Corporación Privada para el Desarrollo Sustentable en Aysén), postulamos al Fondart Regional 2025, un fondo del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile, y obtuvimos el financiamiento necesario para publicar el libro.
A partir de ahí comenzó un proceso completamente colaborativo, en el que todas las personas involucradas participamos en las decisiones. Revisamos juntas la selección y secuencia de las fotografías, seguimos desarrollando el concepto e incorporamos nuevos elementos, como el mapa hidrológico. Tanto el diseño como la producción del libro surgieron de un diálogo constante entre nosotras y el equipo editorial. Las distintas perspectivas y experiencias estuvieron presentes en cada etapa del proceso. Para nosotras era especialmente importante que el libro se desarrollara y produjera en Chile, y no exclusivamente en Europa. Queríamos que el proyecto regresara al territorio donde había surgido, que fuera accesible para las comunidades de Aysén y que, al mismo tiempo, pudiera circular internacionalmente.
L.C.: ¿Consideran que hay formas de hacer libros propias de la región? ¿Qué importancia tienen los libros de fotografía latinoamericanos para ustedes como autoras de este libro?
S.S. & S.M.: A través de nuestros estudios de Visual Journalism and Documentar Photography en Hannover, Alemania, al principio estábamos familiarizadas principalmente con fotolibros europeos y norteamericanos. Trabajar en Chile amplió nuestra perspectiva y nos permitió conocer editoriales y propuestas fotográficas que hasta entonces desconocíamos.
Al mismo tiempo, en Aysén hemos visto que el acceso a los fotolibros es muy limitado fuera de los grandes centros culturales. En general, nos interesa menos si un libro pertenece a una determinada escena geográfica y más desde qué perspectiva se cuenta una historia, en qué condiciones se produce un libro y si logra llegar también a las personas cuyas realidades de vida aborda.
L.C.: Por último, ¿qué tal ha sido la recepción del libro en Chile y en el exterior? ¿Ha suscitado debates y generado un impacto en la forma como las comunidades del lago Chelenko ven su propia conexión con el agua?
S.M. & S.S.: Las reacciones al libro han sido mayoritariamente muy positivas. Especialmente en Aysén, recibimos mucho apoyo, felicitaciones y comentarios personales. Muchas personas se sorprendieron al reconocerse en las fotografías o al encontrar en ellas a sus amistades y familiares. Fue muy bonito ver cómo reconocían sus propias historias y su entorno cotidiano en el libro.
También hubo mucho interés durante nuestras presentaciones en Santiago y Valparaíso. Los encuentros tuvieron una buena asistencia y surgieron muchas preguntas y conversaciones.
Sin embargo, en una de las presentaciones también surgió una discusión más crítica sobre hasta qué punto nosotras, como europeas, podemos hablar de la política chilena y, en particular, de la historia de la dictadura de Pinochet. Nos parece una pregunta legítima e importante, porque también toca una reflexión fundamental de nuestro trabajo fotográfico: ¿desde qué posición contamos una historia y qué responsabilidad tenemos al hacerlo?

