El pez muere por la boca (Raya Editorial y Matiz Editorial, 2024) es el resultado de varios años de investigación de Santiago Escobar-Jaramillo en las costas del Pacífico y el Caribe colombiano, donde el mar se convierte en escenario de una compleja convivencia entre la pesca artesanal y las economías del narcotráfico. El proyecto toma como punto de partida la llamada «pesca blanca»: los paquetes de cocaína que son arrojados al mar para evadir a las autoridades y que, en ocasiones, terminan en las redes de los pescadores. Sin embargo, el fotolibro trasciende este fenómeno para explorar las transformaciones que la ilegalidad produce sobre el territorio, la vida cotidiana y las comunidades que habitan estos paisajes.
Construido a partir de varios años de trabajo junto a comunidades de Bahía Solano y Rincón del Mar, El pez muere por la boca combina fotografía documental, imágenes construidas y recursos transmediales para cuestionar las formas convencionales de representar la violencia. El libro no busca ofrecer una explicación cerrada sobre el conflicto, sino revelar las múltiples capas de una realidad en la que el paisaje, la memoria y la experiencia colectiva adquieren tanta importancia como los hechos que le dieron origen. A través de esta aproximación, el fotógrafo y editor de fotolibros colombiano Santiago Escobar-Jaramillo desplaza la atención hacia las estrategias de resistencia, adaptación y supervivencia de las comunidades costeras.
En esta entrevista, Santiago Escobar-Jaramillo reflexiona sobre el proceso de investigación que dio origen al proyecto, las decisiones éticas y estéticas que guiaron la construcción del fotolibro y los desafíos de traducir una investigación de largo aliento en una narrativa visual compleja, convirtiendo la edición en un acto de resistencia y una herramienta de comunicación vital para las comunidades afectadas por la violencia. La conversación también aborda el papel de la edición, la colaboración con las comunidades y las posibilidades del fotolibro como un espacio para pensar el territorio, la memoria y las complejidades de la Colombia contemporánea.
Entrevista
L.C.: El pez muere por la boca nace de una realidad muy específica —la llamada «pesca blanca»—, pero el libro termina hablando de cuestiones mucho más amplias, como la relación entre territorio, economía y violencia. ¿En qué momento entendiste que el proyecto debía trascender el hecho periodístico para convertirse en una reflexión sobre la vida cotidiana en estas comunidades?
S.E.J.: El pez muere por la boca parte de un hecho muy concreto, registrado desde una perspectiva periodística: la mal llamada “pesca blanca”, el narcotráfico y las distintas formas de violencia que atraviesan estas costas. Sin embargo, mi interés nunca fue quedarme únicamente en el registro de los hechos o en la inmediatez de la primera plana. Lo que realmente me interesa es ampliar la discusión, construir una postura y, sobre todo, escuchar la opinión de las comunidades sobre aquello a lo que sobreviven. La metodología del proyecto busca justamente eso: ir más allá de la noticia para entender cómo estos fenómenos transforman la vida cotidiana.
Hay una imagen que resume muy bien esa intención: cuando un objeto cae sobre la superficie del agua, el impacto genera ondas expansivas. Para mí, el hecho periodístico es ese primer impacto; mi verdadero interés está en las ondas que produce. Es decir, en lo que ocurre después: qué piensan las personas, qué sienten y cómo enfrentan esas realidades. Esos actos de resistencia no suelen ser grandes gestos organizados ni respuestas planeadas de antemano. Son pequeñas acciones y manifestaciones cotidianas que permiten a las comunidades preservar su identidad y resistir a la violencia: el baile, la música, los peinados, la gastronomía, el turismo, la pesca, la forma en que pintan sus casas, cómo se visten o cómo hablan. Son en las pequeñas acciones diarias donde encuentro la verdadera historia y donde el proyecto trasciende a la inmediatez para convertirse en una reflexión sobre la vida en estos territorios.
L.C.: A lo largo del libro conviven fotografías documentales con imágenes cuidadosamente construidas. ¿Cómo decidías cuándo una situación debía ser registrada tal como ocurría y cuándo era necesario recurrir a la puesta en escena para expresar aquello que la cámara no podía capturar de manera directa?
S.E.J.: Creo que ahí está la juego: en pasar de un encuentro casual y directo a una creación colectiva. Mis proyectos siempre comienzan con una etapa de investigación de campo, de derivas con la cámara, donde conozco a las personas, entiendo el territorio y voy construyendo una materia prima visual. En El pez muere por la boca ese proceso ocurrió durante 8 años (2016-2024) en Rincón del Mar (mar Caribe) y Bahía Solano (Pacífico). Allí surgieron muchas imágenes de registro, espontáneas, que reflejan la vida cotidiana y que ya contienen el lenguaje visual del proyecto.
Existen situaciones que no puedo fotografiar directamente. Por ejemplo, no estuve presente cuando los narcos lanzaron la droga al mar; ocurría de noche y era muy peligroso. Pero sí vi, en el 2018, una paca flotando mientras estaba en alta mar (el escritor y periodista Simón Posada Tamayo describe este fenómeno en el texto del libro). Ahí es donde recurro a la puesta en escena –que prefiero llamar intervención in situ–, no para inventar una realidad, sino para representar algo que realmente ocurre.
Es el «theatrum mundi” del que habla Richard Sennet, donde el documental y la intervención no son opuestos, sino dos formas complementarias de contar una misma realidad. En mi caso, las imágenes las construyo junto a la comunidad (ej. Deivis, Federico, Juan David, Juanita, Yajaira, Dago, el Ñato, el Jolly), quienes participan desde las ideas, los lugares y las acciones. Ellos me abrieron las puertas de su cancha, me montaron en sus lanchas y me invitaron a conocer a sus familias.
L.C.: En varias ocasiones has mencionado la importancia del trabajo colaborativo con las comunidades. ¿De qué manera esas personas participaron en la construcción del relato visual y cómo transformó esa relación tu propia mirada sobre el proyecto?
S.E.J.: El acto participativo aleja la mirada lastimera con la que históricamente se han representado a las comunidades. Ese estigma ha sido construido por los medios, el racismo, las desigualdades y las injusticias, que nos han enseñado a mirar al otro desde la tragedia. Lo que me interesa es transformar ese lugar común. Que el pescador, la cocinera o el tendero asuman, por un momento, un rol inesperado desde el gesto creativo. ¿Se puede hablar de un tema que nos aqueja sin nombrarlo? ¿Pueden los símbolos y las metáforas enfrentar al olvido y al silencio?
También es un ejercicio de confianza. En ese diálogo entre fotógrafo y fotografiado, yo “cedo el control” de una escena y dejo que ocurran cosas que no había previsto. Es precisamente en ese quiebre, donde aparece la foto. La imagen del naufragio, por ejemplo: queríamos que el reflejo del sol del atardecer pegara sobre una lámina de zinc que hacía de vela al navegar. ¡Pues, qué lío! Era tanta la fuerza del soplo del viento que hundió la canoa. Mientras el amigo intentaba incorporarla, ¡creó la escena de una ballena saliendo a la superficie!
L.C.: La violencia suele representarse mediante imágenes explícitas o acontecimientos extraordinarios. En cambio, El pez muere por la boca propone una narrativa más contenida, donde la tensión aparece a través de los paisajes, los objetos y los gestos cotidianos. ¿Qué posibilidades encontraste en esa aproximación más sutil para hablar de un fenómeno tan complejo?
S.E.J.: Las imágenes de violencia explícita impactan pero también alejan. Generan rechazo y cambio de página. ¿Y si lo que queremos es mantener a un observador atento que mira y se toma el tiempo para reflexionar sobre la violencia? Esto es lo que busco con las fotografías en El pez muere por la boca: distanciarme del lugar tradicional como se han representado a los narcos y a la violencia que producen, como hombres temerarios, tipo “macho men”; llenos de armas y opulencia, para situarnos en otros espacios de reflexión y pausa. Ibid de las personas que reciben sus excesos: no desde la sangre y los desmembramientos, sino tal vez, desde las consecuencias y el aftermath de la violencia.
L.C.: El proyecto se expande más allá del libro e incorpora recursos transmediales que amplían la experiencia del lector. ¿Qué aportaba ese formato híbrido que el fotolibro, por sí solo, no podía ofrecer? ¿Cómo dialogan ambas experiencias sin perder su autonomía?
S.E.J.: El proyecto está construido por capas en campo. Capas de investigación, de conceptualización, de producción, de edición… Quería que esas membranas de información fueran aplicables a otros formatos. No soy un fotógrafo que opere desde la técnica, me gusta resolver desde la experiencia del momento y del encuentro. Por ello, fotografiaba mucho la misma escena, especialmente con una nueva cámara Fujifilm GFX que estaba estrenando y que no era tan veloz como las DSLR que ya venía usando. Entonces, para no perder destellos o parpadeos, disparaba varias veces. El resultado fue ver el carrete del proyecto con muchas tomas repetidas que al pasarlas rápidamente en la pantalla del compu veía cierto movimiento y repetición en los patrones. A la postre, esta fue la inspiración para desarrollar las piezas en la residencia de NFTs que realicé para Voice & Photo Vogue. Carlos Piedrahita colaboró conmigo en la edición de estas piezas y Federico González en la composición musical de la champeta.
De estas piezas, pasé a la edición de la pieza audiovisual que suma testimonios, registros en video, fotografías, maquetas y textos del proyecto. https://youtu.be/FbybpQJymb0?si=U2dHmM3pGvSsQ6k4
El libro también tiene realidad aumentada (aunque solo duró habilitada por un par de meses). En ese sentido el fotolibro está diseñado como un objeto-libro-experiencia que prioriza los sentidos, los recursos visuales y la narrativa que permiten leer el libro de distintas maneras: trae elementos simbólicos como las escamas en la carátula que pueden encrisparse; el lomo asemeja la proa de un barco que a medida que pasas las hojas el libro gira; el oleaje de tintas al centro recuerda a la marea alta; una línea de pesca con girador envuelve el libro como una paca. Trae también un afiche que se despliega como una vela al viento y en el reverso un guión con testimonios; un set de stickers con “Hombres-Pez”; y el instructivo para acceder a la pieza audiovisual, la realidad aumentada y una playlist de vallenato y champeta bacana.
El otro componente importante es el instalativo para exhibición, que combina fotografías, animaciones, piezas escultóricas, objetos, textiles, maquetas y paisaje sonoro.
L.C.: La edición de un fotolibro implica construir una secuencia, administrar silencios y establecer relaciones entre imágenes. Mirando el libro terminado, ¿hubo alguna decisión editorial —una fotografía que permaneció, otra que salió o un cambio en la secuencia— que modificara de manera decisiva el sentido del proyecto?
S.E.J.: Generalmente, edito en caliente. Quiere decir que mientras hago las fotos voy armando secuencias, diálogos o emparejamientos en mi cabeza. Cuando regreso a la cabaña en la playa o a la habitación del hotel, descargo, selecciono y armo secuencias. Comienzo a armar los fotolibros al tiempo en que fotografío los proyectos.
La foto más relevante del proyecto es la del “Hombre-Pez” azul que aparece en la carátula del libro. A pesar de que no fue la primera foto que hice del proyecto, sí fue la que determinó el acto participativo como hecho fundamental del método de trabajo porque implicó perder el control y permitir el encuentro. Que el ojo de la “pescuecera” (máscara de protección contra el sol que usan los pescadores) coincidiera con el ojo real del pescador no fue planeado porque estas máscaras tienen una abertura para liberar los ojos y el gesto del pescador al quitársela, la ubicó en la parte contraria. Otra serie de fotos que marca un cambio importante en el libro es la secuencia de olas, que en realidad son detalles de una polisombra azul al viento. Así conecté la cotidianidad y la aparente calma que se vive en el pueblo con la actividad azarosa y violenta que ocurre en alta mar lejos de la costa. La foto del cierre es la de Deivis y Federico, amigos, pobladores y colaboradores del proyecto, quienes extienden los brazos recordando una bandera naútica y, de alguna manera, diciendo: “¡Aquí estamos, aquí seguimos!
L.C.: Después de convivir durante varios años con estas historias y convertirlas en un fotolibro, ¿qué preguntas siguen abiertas para ti? ¿Hay algo sobre estos territorios o sobre la fotografía documental que sientas que El pez muere por la boca no resolvió, pero que te gustaría seguir explorando en futuros proyectos?
S.E.J.: Uno no cierra los proyectos porque los haya terminado. Uno acaba un proyecto por la posibilidad de comenzar otro. Ese cambio de mentalidad me parece determinante al momento de meterse en algo nuevo. Dicho esto, con los recientes bombardeos permanentes a lanchas rápidas en el Caribe por parte de Estados Unidos, allí hay unas imágenes que muestran la explosión desde la mirilla del avión fantasma o dron. Si bien tengo una foto de los restos del naufragio, quizás esa secuencia y punto de vista habrían reforzado el relato. Quizás metería un poco más de ese ¡boom!
L.C.: Eso anclaría el relato en eventos políticos recientes y le daría un contexto distinto, pero es interesante saber que aún cuando están terminados los proyectos pueden seguir viviendo transformaciones si los autores así lo quieren.

Biografía
Santiago Escobar-Jaramillo
Es Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, con maestría en Fotografía y Culturas Urbanas de Goldsmiths, University of London. Es fotógrafo y editor de Raya Editorial y AñZ, Fotografía Expandida de Latinoamérica y miembro fundador de 20 Fotógrafos y Colectivo+1. A lo laorgo de su carrera ha sido curador visual de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición de Colombia y ha desarrollado proyectos fotográficos en varios paises de África, Asia, Suramérica, Europa y Estados Unidos. Su trabajo ha recibido varios reconocimientos y distinciones con participación en más de setenta exposiciones nacionales e internacionales, colectivas e individuales. Es autor de fotolibros como White Elephant, LUCÍA, Patria o Muerte y Colombia, Tierra de Luz y El pez muere por la boca y ha participado como mentor, nominador, jurado e interlocutor en reconocidos programas internacionales de fotografía.
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