Árboles, jardines y selvas en el libro de fotografía y en el cine

“Desde hacía tres años, plantaba árboles en esa soledad. Había plantado cien mil. De esos cien mil, veinte mil habían germinado. De esos veinte mil, pensaba que perdería la mitad por causa de los roedores y de todo lo que es imposible prever de los designios de la providencia. Quedaban diez mil árboles de roble que iban a crecer en el lugar en donde antes no había nada”.

Jean Giono, L’homme qui plantait des arbres, Gallimard, 1953

“Depuis trois ans il plantait des arbres dans cette solitude. Il en avait planté cent mille. Sur les cent mille, vingt mille était sortis. Sur ces vingt mille, il comptait encore en perdre la moitié, du fait des rongeurs ou de tout ce qu’il y a d’impossible à prévoir dans les desseins de la Providence. Restaient dix mille chênes qui allaient pousser dans cet endroit où il n’y avait rien auparavant”.
Jean Giono, L’homme qui plantait des arbres, Gallimard, 1953

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En la década de 1859, el fotógrafo Gustave le Grey merodeaba por los bosques de Fontainbleau, fotografiando los árboles a partir de un negativo sobre papel y luego, de un negativo en vidrio. Para le Grey: “la vegetación y los objetos verdes piden más tiempo de contemplación y más dedicación para el fotógrafo”. Su trabajo estaba relacionado con una serie de estudios de los troncos que había iniciado como parte de sus estudios naturales o études d’aprés nature. Es la primera vez que se exponen en la Sociedad Francesa de Fotografía imágenes de árboles en blanco y negro, con toda la sutileza de los efectos de la sombra y la luz sobre sus ramas. El siglo XIX reclamaba del hombre una proximidad con el mundo natural. Incluso las imágenes de la maleza eran un pretexto para mostrar la vitalidad de los bosques aledaños a las grandes ciudades europeas. Esas fotografías de los bosques intactos, contrasta mucho con los retratos que Darius Kinsey hizo de los trabajadores de la industria de madera, documentando el desarrollo de una economía industrial en el estado de Washington State entre 1890 y 1940. La deforestación se mostraba entonces como un gran logro, una victoria del ser humano en pro del desarrollo.

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A mediados de la década de 1920, ese romanticismo fue progresivamente dando paso a una mirada distinta. La nostalgia iba a reemplazar esa idealización del paisaje. En ese nuevo siglo que ya había pasado por una Guerra sangrienta, Eugène Atget recorría los jardines reales de Versalles, Saint Cloud y el Parc des Sceaux, reuniendo una serie de imágenes de esculturas y de esquinas olvidadas de los parques reales que dejaban entrever algo de la visión que los jardineros como Le Nôtre habían querido transmitir de una naturaleza domesticada por el hombre. Poco se ha dicho sobre la importancia que Atget les había dado a los árboles, retratados con sutileza y con majestuosidad a pesar de su estado de descuido. Sylvie Aubenas y Guillaume Le Gall publicaron en un libro titulado Trees, una serie de retratos de árboles hechos por el fotógrafo en 1923. Esas imágenes que la BNF había integrado a la colección desde entonces abrieron un nuevo panorama en el mundo de la fotografía. Bajo la mirada silenciosa de Atget, los 111 árboles que entraban en la colección iban a constituir un registro invaluable de la botánica y de los jardines franceses del período pre-revolucionario. La nostalgia de algunas de esas imágenes en blanco y negro viene de esa añoranza con la que el fotógrafo miraba hacia el pasado. Estamos lejos de la mirada documental del siglo XIX que tanto en Francia como en Estados Unidos documentaba la transformación del paisaje con la creciente urbanización.

Desde esa época muchos otros fotógrafos han hecho de los árboles, los jardines y las selvas, uno de sus temas predilectos. No tanto porque esos espacios naturales sean el reflejo de una mirada romántica, que muchos han conservado, sino más bien por lo que esta vegetación exuberante transmite de sus más profundas inquietudes sobre el mundo natural y la forma como los hombres lo han intervenido.  Para muchos de ellos, ese mundo salvaje que fue domesticado a principios del siglo XVIII y que le dio a la figura del paisajista un rol preponderante en la decoración de parques y bosques europeos es algo que el hombre no ha sabido entender.

En estados Unidos, hacia principios de los anios 30, el fotógrafo del nuevo oeste americano Robert Adams, nacido en Orange, Estados Unido, iba a reinventar la visión del paisaje americano. Sus preocupaciones mucho tenían que ver con la añoranza de un mundo más en harmonía con la naturaleza. Sus retratos de los árboles hechos en Cape Blanco State en Oregon, mostraban con el mismo romanticismo y la misma majestuosidad de Atget, la inmensidad de esos árboles nativos que estaban siendo diezmados por la deforestación en Estados Unidos. En su libro Turning Back, Robert Adams abría un nuevo capítulo en la historia de la fotografía del paisaje americano, retratando con sutileza los efectos del desarrollo industrial en Oregón. Con una nostalgia romántica, Adams le iba dedicar treinta años de su vida a esos retratos de árboles nativos. Una de sus mayores preocupaciones con respecto a la urbanización creciente y al desarrollo de la agro-industria fue la destrucción de los Cottonwoods, árboles que él había visto en abundancia en la región de Colorado, donde vivía. En uno de sus numerosos ensayos Adams declaraba: “Todo lo que no tiene duda es la perfección del mundo que se nos ha dado, la insoportable indiferencia de nuestra respuesta hacia él y, el terrible estado de depravación con el que lo hemos tratado. Por eso seremos juzgados.”

PUNTO DE FUGA ha querido adentrarse en el mundo de la fotografía contemporánea para reunir los más diversos proyectos en donde la selva, el jardín, el árbol y el arbusto son el objeto del cine y de la fotografía. La antología no es exhaustiva pero sí tiene como propósito el generar una nueva forma de ver la historia del paisaje en dos de los artes más modernos que se conozcan hasta hoy. ¿Porqué el nacimiento de la fotografía trajo consigo una nueva representación del paisaje? ¿Cómo se ha ido forjando esa nostálgica visión del mundo natural en la historia de la fotografía? ¿Y qué es lo que esa presencia imponente de los árboles dice sobre nuestra compleja relación con la naturaleza?

Fue en Estados Unidos donde la fotografía más ha preservado esa inquietud por el estado natural de las cosas. Sin adoptar una visión estetizante del paisaje fotógrafos como John Gossage siguieron esas primicias de la generación de Robert Adams y otros fotógrafos de la New Topographics, pero con una sensibilidad más acentuada hacia el mundo natural. The Pond es un libro que desplaza las preocupaciones sobre la industrialización creciente hacia esas periferias en donde sólo quedan los restos de una naturaleza que no había sido intervenida anteriormente. Los escritos de Thoreau fueron muy importantes para esa generación porque revelaron lo difícil que era determinar los límites entre lo humano y el mundo natural.  El libro de Gossage es más una distopía de un mundo en harmonía con su entorno natural y un grito a la capacidad destructiva del hombre. Casi en el otro extremo de ese paraíso perdido, está otro de sus libros titulado Nothing, un trabajo sobre la desolación del paisaje después del conflicto. Las topografías de John Gossage, son espacios vulnerables, territorios sacudidos por el conflicto humano. Hay una carga de ambigüedad en todas ellas que traduce la fascinación y la decepción que esos paisajes heridos generan cuando uno se detiene a contemplarlas.

Pero no siempre la nostalgia y la decepción han estado ahí. En la mirada Mitch Epstein, la presencia de árboles antiguos en plena ciudad de Nueva York, es también el símbolo de la abundancia y de la generosidad con la que la naturaleza ha ido creciendo en espacios urbanos hostiles. Por primera vez la ciudad símbolo de la modernidad americana aparece como el solar de esos árboles que la presencia del espacio urbano nos había hecho olvidar.

No todos los fotógrafos consideran la naturaleza en confrontación con el hombre. Para muchos, la fotografía no es el espacio de un discurso político, es la expresión de una contemplación activa del mundo.  En Bélgica, Gilbert Fastenaekens publicó una serie de fotografías de bosques en un libro que tituló Noces. En ese trabajo el tiempo de inmersión era muy largo. La fotografía debía poder registrar toda la teatralidad del bosque con el que se topó al visitar una de las seis abadías que debía fotografiar por un pedido que tuvo. Era necesario adentrarse en el bosque durante el invierno, el único momento en el que los árboles dejaban al descubierto sus ramas, el único en que era posible adentrarse en el bosque para poder verlo sin tener necesidad de alterarlo. En una de sus entrevistas Fastenaekens dice: “Para poder fotografiar el paisaje debo primero olvidarme del porqué estoy acá. Cuando ya no espero nada de esos bosques, puedo comenzar a sentirme el árbol, la piedra, el río. Soy un elemento más del paisaje, Es en ese momento que puedo empezar a fotografiarlo”. Su labor de contemplación activa dice mucho de la relación que él como fotógrafo tiene con el espacio, la presencia en el entorno y la consciencia el instante se convierten en elementos esenciales de ese trabajo de observación. Lo que se agota en ese proceso, lo que debe ser abandonado es la mirada del autor, intencional, agresiva hacia el bosque, y el motivo, la búsqueda de una significación racional, clasificatoria, o motivada de todos los elementos de la naturaleza.

La serie de fotografías en blanco y negro titulada Tuncan Trees, hecha por el fotógrafo estadounidense Mark Steinmetz le da a esa contemplación un aspecto más formal. Los árboles revelan sus formas, como si fueran cuerpos retratados. Sus troncos cuentan historias de una vida vegetal que la fotografía muestra a través de un filtro que es el lente. Lo que esas fotografías muestran son retratos mudos de árboles que vemos a una misma distancia. Al hacer esas fotografías de árboles de olivo en Cortona, Italia, Steinmetz también dice haber tenido una experiencia particular del paisaje. “Las colinas a mi alrededor parecían estar llenas de una vitalidad tan fuerte que por un momento tuve la impresión de sentir los latidos de la tierra”.

Una nueva generación de fotógrafos ha querido romper con esa antigua tradición de la fotografía en blanco y negro para hacerse a nuevas utopías del mundo natural. Ya sea por esa necesidad de encontrar un nuevo “el dorado” o por la urgencia de darle al género documental un aspecto más vivo, esta nueva generación ha dejado atrás la desilusión del mundo urbano para salir en busca de esos mundos naturales olvidados. Uno de los primeros fotógrafos en pasar al color fue el alemán Joaquim Brohm quien decidió empezar la fotografía haciendo retratos de los jardines en las casas obreras en la región industrial alemana, hacia 1979.

PUNTO DE FUGA reúne aquí una serie de portafolios y de películas de los últimos diez años que han sabido romper con la tradición. La diversidad de aproximaciones a las selvas, los jardines y los árboles en la fotografía y el cine contemporáneos es desconcertante. Ha aquí un panorama:

 

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