Árboles, jardines y selvas en el libro de fotografía y en el cine

“Desde hacía tres años, plantaba árboles en esa soledad. Había plantado cien mil. De esos cien mil, veinte mil habían germinado. De esos veinte mil, pensaba que perdería la mitad por causa de los roedores y de todo lo que es imposible de prever sobre los designios de la providencia. Quedaban diez mil árboles de roble que iban a crecer en el lugar en donde antes no había nada”.
“Depuis trois ans il plantait des arbres dans cette solitude. Il en avait planté cent mille. Sur les cent mille, vingt mille était sortis. Sur ces vingt mille, il comptait encore en perdre la moitié, du fait des rongeurs ou de tout ce qu’il y a d’impossible à prévoir dans les desseins de la Providence. Restaient dix mille chênes qui allaient pousser dans cet endroit où il n’y avait rien auparavant”.
Jean Giono, L’homme qui plantait des arbres, Gallimard, 1953

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Vincent Delbrouck, Some Windy Trees, Wilderness, 2013

En la década de 1859, el fotógrafo Gustave le Grey merodeaba por los bosques de Fontainbleau, fotografiando los árboles a partir de un negativo sobre papel y luego, a partir de un negativo en vidrio. Para le Grey: “la vegetación y los objetos verdes piden más tiempo de contemplación y más dedicación para el fotógrafo”. La tarea no era simple. Sus imágenes reunían una serie de estudios de los troncos que él había iniciado como parte de sus estudios naturales o études d’aprés nature. Era la primera vez que un fotógrafo exponía la magestuosidad de los árboles en la Sociedad Francesa de Fotografía.  Imágenes de árboles en blanco y negro, con toda la sutileza de los efectos de la sombra y la luz sobre sus ramas.

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El siglo XIX reclamaba del hombre una proximidad con el mundo natural. Incluso las imágenes de la maleza eran un pretexto para mostrar la vitalidad de los bosques aledaños a las grandes ciudades europeas. Las fotografías de los bosques intactos, contrastaba mucho con los retratos que, en esa misma época, Darius Kinsey hacía en su esfuerzo por documentar la vida de los trabajadores de la industria de madera, mostrando el desarrollo de una economía industrial en el estado de Washington State entre 1890 y 1940. La deforestación se mostraba entonces como un gran logro, una victoria del ser humano en pro del desarrollo.

A mediados de la década de 1920, ese romanticismo fue progresivamente dando paso a una mirada distinta. La nostalgia iba a reemplazar esa idealización romántica del paisaje. En ese nuevo siglo que ya había pasado por una Guerra sangrienta, Eugène Atget recorría los jardines reales de Versalles, el parque de Saint Cloud y el Parc des Sceaux, reuniendo una serie de imágenes de esculturas y de esquinas olvidadas de los parques reales que dejaban entrever algo de la visión que los jardineros de los reyes de Francia como Le Nôtre, habían querido transmitir de una naturaleza domesticada por el hombre.

Poco se ha dicho sobre la importancia que Atget le había dado a los árboles y a los jardines reales, espacios retratados con la sutileza y con la majestuosidad del fotógrafo que contempla y clasifica las esculturas, los lagos y la vegetación de esos jardines reales que la revolución había dejado en el olvido. Para dar a conocer esaa imágenes, Sylvie Aubenas y Guillaume Le Gall de la BNF publicaron un libro titulado Trees, una obra editorial muy refinada, reuniendo una serie de retratos de árboles hechos por el fotógrafo en 1923. Esas imágenes que habían sido adquiridas por la BNF en ese entonces, abrieron un nuevo panorama en el mundo de la fotografía. Bajo la mirada silenciosa de Atget, los 111 árboles que entraban en la colección de la biblioteca iban a constituir un registro invaluable de la botánica y de los jardines franceses del período pre-revolucionario. La nostalgia de algunas de esas imágenes en blanco y negro revelaba la añoranza con la que el fotógrafo miraba hacia el pasado. Estamos lejos de la mirada documental de los fotógrafos del siglo XIX que tanto en Francia como en Estados Unidos pretendía documentar con optimismo la transformación del paisaje y la creciente urbanización del mundo.

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Desde entonces, muchos otros fotógrafos hicieron de los árboles, los jardines y las selvas, uno de sus temas predilectos de su trabajo. No tanto porque esos espacios naturales fueran el reflejo de una mirada romántica, nostálgica de la relación que las sociedades Europeas tenían del mundo natural, sino más bien por lo que esta vegetación exuberante representaba en un mundo cada vez más urbanizado. Las selvas tupidas, los bosques y los jardines traducían las más profundas inquietudes de los fotógrafos y artistas sobre el  estado del mundo natural y el carácter predador del hombre.  Para muchos de ellos, ese mundo salvaje que fue domesticado a principios del siglo XVIII y que le dio a la figura del paisajista un rol preponderante en la decoración de parques y bosques europeos, era algo que el hombre no había sabido entender en toda su magnitud.

En estados Unidos, hacia principios de los años 30, Robert Adams, el fotógrafo del nuevo oeste americano nacido en Orange, Estados Unidos, iba a reinventar la visión del paisaje americano. Sus preocupaciones ecológicas mucho tenían que ver con la añoranza de un mundo más en harmonía con la naturaleza. Sus retratos de los árboles hechos en Oregon, mostraban el poder de la naturaleza no domesticada, con el mismo romanticismo y la misma majestuosidad de Atget un siglo atrás. La inmensidad de esos árboles nativos estaba desapareciendo. Muchos de esos árboles nativos estaban siendo diezmados por la creciente deforestación. El paisaje americano estaba siendo intervenido por el hombre. En su libro Turning Back, Robert Adams abría un nuevo capítulo en la historia de la fotografía del paisaje americano, retratando con sutileza los efectos del desarrollo industrial en Oregón sobre ese mundo natural que se veía como la promesa de un nuevo “el dorado” en los primeros años de la colonia inglesa.

Con una nostalgia romántica, Adams le iba dedicar treinta años de su vida a esos retratos de árboles nativos. Una de sus mayores preocupaciones con respecto a la urbanización creciente y al desarrollo de la agro-industria fue la destrucción de los Cottonwoods, árboles que él había visto en abundancia en la región de Colorado, donde vivía. En uno de sus numerosos ensayos Adams declaraba: “Todo lo que no tiene duda es la perfección del mundo que se nos ha dado, la insoportable indiferencia de nuestra respuesta hacia él y el terrible estado de depravación con el que lo hemos tratado. Por eso seremos juzgados.”

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PUNTO DE FUGA ha querido adentrarse en el mundo de la fotografía contemporánea para reunir los más diversos proyectos en donde las selvas, los jardines, los árboles y los arbusto hayan sido el objeto del cine y de la fotografía. La antología no es exhaustiva, pero sí tiene como propósito generar una nueva forma de ver la historia del paisaje en dos de los artes más modernos que se conozcan hasta hoy. ¿Porqué el nacimiento de la fotografía trajo consigo una nueva representación del paisaje? ¿Cómo se ha ido forjando esa nostálgica visión del mundo natural en la historia de la fotografía? ¿Y qué es lo que esa presencia imponente de los árboles dice sobre nuestra compleja relación con la naturaleza?

Fue en Estados Unidos donde la fotografía canalizó con más ímpetu esa inquietud por el estado natural de las cosas. Sin adoptar una visión estetizante del paisaje, fotógrafos como John Gossage siguieron esas primicias de la generación de Robert Adams y de otros fotógrafos de la New Topographics, pero con una sensibilidad más acentuada hacia el mundo natural. The Pond es uno de sus libros más famosos. En ese Trabajo John Gossage desplaza las preocupaciones sobre la industrialización creciente hacia esas periferias de las ciudades en donde sólo quedan los restos de una naturaleza que no había sido intervenida anteriormente. Los escritos de Thoreau fueron muy importantes para esa generación de fotógrafos porque revelaban lo difícil que era determinar los límites entre lo humano y el mundo natural.  El libro de Gossage es más una distopía de un mundo que rompió la harmonía con su entorno natural y un grito a la voracidad destructora del hombre. Casi en el otro extremo de ese paraíso perdido, está otro de sus libros titulado Nothing, un trabajo sobre la desolación del paisaje después del conflicto. Las topografías de John Gossage hablan des espacios vulnerables, territorios sacudidos por el conflicto humano. Hay una carga de ambigüedad en todas las imágenes que traduce la fascinación y la decepción que esos paisajes heridos generan cuando uno se detiene a contemplarlas.

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Pero no siempre la nostalgia y la decepción han estado ahí. En la mirada Mitch Epstein, la presencia de árboles antiguos en plena ciudad de Nueva York, es el símbolo de la abundancia y de la generosidad con la que la naturaleza ha retomó su lugar en espacios urbanos hostiles. Por primera vez la ciudad, símbolo de la modernidad americana, aparece como el solar de esos árboles que la presencia del espacio urbano nos había hecho olvidar. Fotografiados dentro de su contexto urbano, los árboles parecen adquirir el aspecto de figuras antropomorfas, pero su presencia ante la cámara los hace parecer como el elemento primordial del paisaje urbano. Muchos de los árboles que fueron sembrados en Nueva York habían regalados a la ciudad por legiones extranjeras y diplomáticos un siglo atrás. Las fotografías de Epstein retratan esos árboles en el período de invierno, cuando son más vulnerables.

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No todos los fotógrafos veían a la naturaleza como un medio a parte, en confrontación permanente con el hombre. Para muchos, la fotografía no es el espacio de un discurso político, es la expresión de una contemplación activa del mundo. En Bélgica, Gilbert Fastenaekens publicó una serie de fotografías de bosques en un libro que tituló Noces. En ese trabajo el tiempo de inmersión era una condición indispensable para el fotógrafo. La fotografía debía poder registrar toda la teatralidad del bosque con el que Fastenaekens se había topado al visitar una de las seis abadías que debía fotografiar por un pedido que tuvo. Era necesario adentrarse en el bosque durante el invierno, el único momento en el que los árboles dejaban al descubierto sus ramas, el único en que era posible adentrarse en el bosque para poder verlo sin tener necesidad de alterarlo. En una de sus entrevistas Fastenaekens dice: “Para poder fotografiar el paisaje debo primero olvidarme del porqué estoy acá. Cuando ya no espero nada de esos bosques, puedo comenzar a sentirme el árbol, la piedra, el río. Soy un elemento más del paisaje, Es en ese momento que puedo empezar a fotografiarlo”. Su labor de contemplación activa dice mucho de la relación que él como fotógrafo tiene con el espacio, la presencia en el entorno y la consciencia el instante se convierten en elementos esenciales de ese trabajo de observación. Lo que se agota en ese proceso, lo que debe ser abandonado es la mirada del autor, intencional, agresiva hacia el bosque, y el motivo, la búsqueda de una significación racional, clasificatoria, o motivada de todos los elementos de la naturaleza.

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Hasta ese entonces, la fotografía en blanco y negro era el lenguaje documental clásico, el formato idóneo para hacer resurgir con mayor ímpetu, esa naturaleza antes ignorada. Si bien esas imágenes no son temporales, el color en blanco y negro, la composición y la distancia que muchos de ellos resuelven durante la contemplación nos traen de nuevo a esa realidad del mundo natural. Muchas de esas fotografías no son alegóricas, pero sí tienen un componente descriptivo y formal que permite observar la inmensa gama de grises que dibujan ramas y hojas sobre el negativo. En una de sus series en blanco y negro, titulada Tuscan Trees, el fotógrafo estadounidense Mark Steinmetz le da a esos árboles del mediterráneo un aspecto más expresivo. Los árboles revelan sus formas, como si fueran cuerpos retratados. La poesía está en las formas. Para Mark Steinmetz la naturaleza ejerce su encanto. Los troncos de los árboles cuentan historias de una vida vegetal que la fotografía muestra a través de un filtro que es el lente.

Lo que esas fotografías muestran son retratos mudos de árboles que vemos a una misma distancia. Al hacer esas fotografías de árboles de olivo en Cortona, Italia, Steinmetz también dice haber tenido una experiencia particular del paisaje. “Las colinas a mi alrededor parecían estar llenas de una vitalidad tan fuerte que por un momento tuve la impresión de sentir los latidos de la tierra”.

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Fue necesario esperar el inicio del siglo XXI para ver resurgir en la fotografía, imágenes de selvas, jardines y bosques a color. Una nueva generación de fotógrafos quiso romper con esa antigua tradición de la fotografía en blanco y negro para hacerse a nuevas utopías del mundo natural. Quizás por la necesidad de encontrar un nuevo “el dorado” o por la urgencia de darle al género documental un aspecto más vivo, esta nueva generación ha dejado atrás la desilusión del mundo urbano y la nostalgia poética del romanticismo europeo para salir en busca de esos mundos naturales olvidados.

Uno de los primeros fotógrafos en pasar al color fue el alemán Joaquim Brohm quien decidió empezar la fotografía haciendo retratos de los jardines en las casas obreras en la región industrial alemana, hacia 1979. Era la primera vez que Brohm se acercaba a una región sobria, sin encanto. No es extraño ver cómo poco a poco, al deambular por los poblados de esa región industrial, fueran los jardines, espacios de intimidad y fuente indispensable de alimento de algunos obreros alemanes, lo que le atrajo más la atención. Retratar esos espacios interiores dejados al descubierto, a solo algunos pasos de las casas cerradas, era la forma más discreta de revelar esas rutinas presentes en la vida de los trabajadores de las industrias. Typology 1979 fue el libro que MACK publicó décadas después reuniendo esas primeras fotografías de paisaje.

No existe en la actualidad una sola línea de pensamiento, un lenguaje distintivo que demuestre cómo y de qué manera las nuevas generaciones han ido re-inventando su relación con la naturaleza. Algunos fotógrafos como Raymond Meeks o Tim Carpenter no niegan haber sido influenciados por Robert Adams. Junto con la editorial TIS Books y The Ice Plant, estos fotógrafos reunido una serie de fotografías en blanco y negro con una fuerte carga poética. El libro de Carpenter, Local Objects, reúne una serie de fotografías de paisajes americanos que sólo empiezan a tener sentido cuando uno las identifica en los confines da la memoria, ahí donde el límite entre los sueños se encuentran con los recuerdos. Inclusive en la serie A Most Serene Republic, que tiene un aspecto más documental, las zonas peri-urabanas retratadas a color por Tim Carpenter tienen un tono suave. Lo que predomina en esos paisajes desiertos es la soledad y esa sensación de lejanía que se siente al presenciar espacios habitados en zonas tan remotas de los Estados Unidos.

En los libros de Raymond Meeks, las fotografías marcan el paso del tiempo, el flujo de la vida, creando y deformando recuerdos hasta convertirlos en pequeños instantes poéticos. Los relatos que esas imágenes cuentan, están más arraigados en los recuerdos y en una forma de idealización de la vida cotidiana. La naturaleza salvaje es el entorno en donde se construyen las historias de vida de sus familiares y amigos. Es ese espacio vital con el que ellos conviven pacíficamente; un espacio en donde la inocencia de su mirada impregna las fotografías de una poesía sutil. Una de sus más importantes series también fue editada en forma de libro. El título, Furlong: halfstory halflife (with Chris Pickett), dice mucho sobre la intimidad del autor y su sinceridad en el momento de publicar parte de esa experiencia entre amigos. En los dos casos, la fotografía está ahí para resaltar la fragilidad de la existencia y demostrarnos que inclusive los momentos insignificantes tienen un misterioso encanto.

Desde los últimos años, fotógrafos como Xavier Ribas y Pablo Lerma se han acercado a sitios arqueológicos  y a las faldas de los ríos de España y Latinoamérica para reunir imágenes de bosques y selvas que nos inducen a pensar en paisajes arqueológicos, troncos de árboles cortados y fotografías de espacio salvaje, natural, denso, como sin motivo. Las imágenes de la Reserva de la Biosfera Maya, El Petén, Guatemala parecen intercambiables. Su inmensa cantidad de detalle no permite definir de qué lugar del mundo se trata. Mientras que, las fotografías de los troncos de árboles de la Riviera del río Arga, en la zona de Pamplona, y las imágenes de los troncos cortados en la zona de Rivers Oak en Minnesota, demuestran cómo los bosques han ido desapareciendo de las zonas aledañas a los ríos. Solo quedan, aquí y allá los rastros de una naturaleza tupida, cuando el paisaje aún no había sido intervenido por el hombre.

El edén es un paisaje irreconocible, que muchos fotógrafos han querido reinventar. PUNTO DE FUGA reúne aquí una serie de portafolios y de películas de los últimos diez años que han sabido reinventar su relación con la naturaleza. La diversidad de aproximaciones a las selvas, los jardines y los árboles en la fotografía y el cine contemporáneos es desconcertante. He aquí un panorama:

Portafolios:

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Peter Bialobrzeski, Paradise Now, 2010

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Jonathan Frantini, Pineta San Vitale, Osservatorio Fotografico, 2012

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Alberto Salván, Bushes, 2010

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Arianna Sanesi, Dispersal, 2014

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Xavier Ribas, Invisible Structures 1, 2008

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Pablo Lerma, Arga, Self-Published, 2016

Libros:

Robert Adams, Turning Back, Fraenkel Gallery, 2005
Robert Adams, Cottonwoods, Steidl, 2018
Robert Adams, Gone? Steidl, 2008
Morten Andersen, Blue Forest, Self-Published, 2009
Eugène Atget, Trees, D.A.P., 2003
Joachim Brohm, Typology 1979, MACK, 2014
Pedro Cabrita Reis, Tree of Light, Ivory Press LiberArs, 2011
Mitch Epstein, New York Arbor, Steidl, 2013
Gilbert Fastenaekens, Noces, ARP Editions, 2003
Jonathan Frantini, Pineta San Vitale, Osservatorio Fotografico, 2012
Lee Friedlander, Flowers and Trees, Haywire Press, 1981
Paul Gaffney, Perigee, CNA, 2017
John Gossage, The Pond, Aperture, 1985
Adam Jeppsen, Wake, Steidl, 2005
Pablo Lerma, Arga, Self-Published, 2016
Pablo Lerma, Stump, Self-Published, 2016
Awoiska van der Molen, Blanco, Fw: Books, 2017
Raymond Meeks, Furlong: Halfstory Halflife (with Chris Pickett), Self-Published, 2017
Atsushi Okada, The World, AKAAKA, 2012
Taryn Simon, Paperwork and the Will of Capital, Hatje Cantz Verlag, 2016
Mark Steinmetz, Tuscan Trees, The Jargon Society, 2001

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Raymond Meeks, Furlong: Halfstory Halflife (with Chris Pickett), Self-Published, 2017

Películas:

Toma Burlin, Éléments 1, Light Cone, 2017
Adam Jeppsen, One, 2008
Raya Martin, Independencia, Atopic Films & Arte France Cinéma, 2010
Apichatpong Weerasethakul, Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, Kick The Machine, 2010
Marcelle Thirach, La Forêt Fugitive, Light Cone, 2010

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